Dos modos de ser presbítero

Es una propuesta de Monseñor Fritz Labinger, de origen alemán, obispo emérito de Aliwal en Sudáfrica. Con ella se intenta salir al paso al problema de la crisis de vocaciones, a la creciente falta de sacerdotes y al envejecimiento de los mismos. En esta situación, por otra parte, innumerables comunidades eclesiales no pueden celebrar la eucaristía dominical. El problema es extremadamente grave. Con todo, aparte la urgencia coyuntural del problema, la propuesta de Labinger es seria, valiente y arriesgada, y se presenta con un apoyo teológico incuestionable. No es ni una frivolidad ni una solución de emergencia para momentos de crisis.

Voy a intentar resumir brevemente la propuesta del obispo siguiendo un tríptico que él mismo sugiere: Ministerio, comunidad, eucaristía. Junto a la presencia de los sacerdotes de siempre, los célibes, los que han pasado largos años de formación en los seminarios,  se piensa en la incorporación de otros ministros ordenados, presbíteros también, con la misión de complementar la labor de los sacerdotes célibes. Habría que hablar de un doble proceso vocacional diferente, con tareas específicas pastorales diferentes pero complementarias. Mientras el sacerdote célibe practica una dedicación absoluta, de veinticuatro horas, y acepta una situación de disponibilidad y de movilidad geográfica, los nuevos presbíteros, surgidos como equipo, permanecerían vinculados a la comunidad local que los presenta, vivirían en familia, practicarían un trabajo profesional normal y asumirían el ministerio pastoral a tiempo parcial, sin remuneración económica alguna y en conexión orgánica con los otros sacerdotes en el marco de la iglesia diocesana. Ni que decir tiene que en este contexto queda superada cualquier forma de clericalismo.

En todo este proceso la comunidad local adquiere una importancia relevante, definitiva. Es el aspecto más específico de la propuesta de Labinger. Los nuevos ministros son presentados por la comunidad, proceden de la comunidad y se destinan al servicio de la comunidad local. Este hecho da por supuesta la existencia de una comunidad cristiana bien formada, que tiene conciencia de sus responsabilidades eclesiales, que está dispuesta a un reparto razonable de tareas y servicios, que canaliza y acoge con gratitud la multiplicidad de carismas existentes en la comunidad. Es evidente que en este contexto no tiene sentido la distinción entre clero y laicos. Es en este marco donde surge la propuesta de nuevos ministros para la comunidad. Nunca un solo responsable. Siempre un equipo, para que la animación de la comunidad sea comunitaria y colegiada. El obispo es el que, acogiendo la propuesta de la comunidad, ordena a los ministros propuestos para que sean ellos los pastores, los presbíteros dedicados al servicio de la comunidad.

Entre las funciones asignadas a estos nuevos presbíteros está la de presidir la eucaristía dominical. Es muy importante. Esto supone un enriquecimiento para la comunidad que los ha elegido y una ayuda inapreciable para los otros presbíteros, los de siempre, cargados de obligaciones pastorales. Estos mantendrían un estilo de ministerio más bien itinerante, de mayor movilidad en el marco de la iglesia diocesana y con tareas pastorales específicas. Es muy importante que sean los presbíteros locales, los que han sido elegidos por la comunidad y viven día a día animando a los hermanos, los que asumen, no el privilegio sino el servicio, de presidir a la asamblea dominical en la celebración de la eucaristía.

Todo esto lo propone Fritz Labinger en dos libros publicados por Herder: «Equipos de ministros ordenados. Una solución para la eucaristía en las comunidades»  y  «El altar vacío. Un libro ilustrado para debatir la falta de curas». Este segundo libro ha sido prologado por el jesuita Juan Antonio Estrada, profesor en la Universidad de Granada. La presentación de ambos libros en Madrid corrió a cargo de Emilia Robles, promotora de MOCEOP, el pasado día 8 de abril de 2011.  La categoría del autor, la seriedad de su propuesta, avalada por la experiencia de multitud de iglesias del Hemisferio Sur, su disposición al diálogo con las jerarquías de la Iglesia, junto con el apoyo  de teólogos de reconocido prestigio, confieren a esta propuesta serias garantías de viabilidad y de esperanza para el  futuro.

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