¿Tiene sentido decir todos juntos la plegaria eucarística?

 

Es ésta una costumbre que ha ido introduciéndose progresivamente, sobre todo entre las comunidades poco numerosas. Hay que reconocer el interés de estas comunidades por preparar las celebraciones, por adaptarlas a las condiciones peculiares del grupo y por hacerlas vivas y encarnadas en la vida. Sin embargo, me temo que sus decisiones no están siempre avaladas por la información y el conocimiento necesarios.

1. La plegaria eucarística o anáfora es una oración presidencial, reservada al sacerdote que preside la celebración. Los testimonios a este respecto son exhaustivos. En los relatos de la institución de la eucaristía se dice expresamente que Jesús pronunció la bendición y que, después, partió el pan. Justino, en el siglo II, también asegura que la plegaria eucarística la pronuncia «el que preside, según sus fuerzas» o  capacidad. Entre los judíos era siempre el padre de familia el que pronunciaba la bendición en las cenas rituales de los sábados.

2. Es lógico, además, que durante los primeros siglos la plegaria eucarística fuera pronunciada solo por el sacerdote dada la costumbre de improvisar o preparar personalmente los textos litúrgicos, costumbre que se mantuvo hasta el siglo IV.

3. Hoy día, tanto teólogos como liturgistas, están de acuerdo en atribuir al conjunto de la plegaria eucarística un carácter consecratorio, sin que ello merme, por supuesto, la fuerza consecratoria reconocida de modo especial a las palabras del relato y a la epíclesis. Por tanto, solo quienes han recibido la imposición de las manos en el sacramento del orden y han sido ordenados sacerdotes pueden pronunciar con sentido las palabras de la anáfora, puesto que solo ellos están en condiciones de consagrar.

4. Para evitar la tentación de pensar que esto es un abuso de poder por parte de los sacerdotes, debemos tener en cuenta que el ministerio es un servicio y que éste es precisamente el servicio ministerial que los presbíteros, al pronunciar la acción de gracias, prestan a la comunidad. Seguramente habrá que ir superando definitivamente,  no solo en la teoría sino sobre todo en la práctica, una visión del ministerio interpretado en clave de poder o privilegio.

5. No se piense que la asamblea participa más activamente al pronunciar a coro la plegaria eucarística. Con ese criterio, llevando la cosa al extremo, también participaríamos más proclamando todos juntos las lecturas de la palabra de Dios. Esto no es un chiste. Porque no son pocos quienes traen a colación este razonamiento sin percatarse de que, mantenido hasta el extremo, desemboca en situaciones grotescas.

6. La celebración es como una orquesta. No todos tocan al mismo tiempo. Cada instrumento  interviene cuando le corresponde. Por eso, no es más importante un instrumento que otro. Lo mismo en la celebración, en la que hay diferentes servicios y ministerios. Sería absurdo pretender decir y hacer todos todo al mismo tiempo. Cada uno hace o dice lo que le corresponde y cuando le corresponde.

7. Por ser una oración presidencial no tiene sentido que la pronuncie toda la asamblea. Porque la asamblea no ejerce una función presidencial. La asamblea no se preside a sí misma. Ni tampoco se puede decir que la nuestra sea una asamblea acéfala, sin cabeza. Es el sacerdote o presbítero quien ha recibido el encargo de presidir a la asamblea. Porque quien ha recibido el encargo de presidir y guiar a la comunidad eclesial en nombre del Señor es el que debe presidirla también cuando ésta se reúne en asamblea para celebrar la cena del Señor. A él corresponde, por tanto, animar y presidir a la comunidad reunida pronunciado la acción de gracias.

8. En la práctica, cuando es toda la asamblea la que pronuncia la plegaria eucarística, el efecto acústico es deplorable. El resultado es una cacofonía insufrible, un verdadero gallinero.

9. A pesar de todo lo dicho, cabe alguna solución viable. Ha sido utilizada ya en algunas plegarias oficiales. Se trataría de introducir en el texto, al final de las partes más importantes, breves aclamaciones, pronunciadas o cantadas  por la asamblea, en las que se condensan las ideas centrales de la plegaria eucarística. Hasta ahora sólo teníamos la aclamación del Sanctus y del Amen final; y, a raíz del Concilio, la aclamación que sigue a la consagración. Se trataría de utilizar el mismo criterio y aumentar el número de aclamaciones, como se hace en las misas con niños. Con ellas el pueblo se une y ratifica la oración del sacerdote.

 

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