El grupo de cantores sustituye a la asamblea

 

Antes del Concilio la asamblea no tenía protagonismo alguno en las celebraciones litúrgicas. En las misas solemnes era un pequeño grupo de cantores, la “schola cantorum”, la que se adueñaba del canto e interpretaba todas las piezas cantables del ordinario de la misa: Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus y Agnus Dei. Todo corría a cargo de la “schola”.   Eran famosas las misas pontificales de Lorenzo Perosi, o las de Giovanni Pierluigi da Palestrina, sin mencionar la famosa  Misa  de Requiem de Mozart ni la tan conocida Misa de Pío X de Julián Vilaseca, abundantemente cantada en esa época. En realidad, la feligresía asistía muda y absorta a un verdadero concierto.

Pero la reforma litúrgica del Vaticano II devolvió el protagonismo a la asamblea y promovió el canto en el marco de las celebraciones. Se impulsó, por supuesto, la presencia de un director de canto y la de pequeños grupos de cantores para animar la participación de toda la asamblea y poder alternar con ésta la ejecución de los cantos. El grupo de cantores se reservaba siempre la ejecución de las estrofas, alternando con la asamnlea. De este modo se da a los cantos una dinámica y un ritmo extraordinarios. En todo caso, la asamblea de fieles, congregada para celebrar la liturgia, asumió desde el principio el protagonismo que le corresponde en la ejecución de los cantos, sin permitir que un pequeño coro de cantores la sustituya y se adueñe de ese protagonismo. Tampoco se ha dado cauce, en el marco de la renovación litúrgica, ni al lucimiento personal de los solistas, ni a la ejecución de canciones selectas, dotadas seguramente de una  gran calidad musical, pero ajenas al espíritu y al tono de las celebraciones. El empleo de la música ha sido interpretado como un factor importante, pero siempre al servicio de la celebración litúrgica.

Hoy estamos volviendo al pasado, a los tiempos anteriores a la reforma conciliar. No me refiero en este caso a la calidad musical de los cantos ni al contenido de los textos. De todo esto habría mucho que decir y comentar. Sólo me refiero ahora a la presencia de los grupos de jóvenes cantores. De entrada hay que reconocer y alabar el esfuerzo y el interés de estos coros. Pero seguramente ni sus actuaciones, ni la elección de los cantos se están orientando de forma adecuada. Estos coros, acompañados casi siempre de guitarras, están adueñándose del canto que corresponde a toda la asamblea. No se limitan a animar, conducir y estimular el canto de toda la comunidad; ésta permanece muda y entretenida mientras escucha el canto de los jóvenes. Lamentablemente hemos retrocedido al pasado.

Uno está atento a las retrasmisiones televisadas de la misa dominical. Es una pena que la misa retransmitida por la televisión pública los domingos no tenga, en este sentido, un verdadero valor modélico. Más bien es un mal ejemplo. O es un coro de jóvenes con guitarras el que se adueña de los cantos, o es una maravillosa coral, uniformaba y bien ensayada, la que interpreta, al margen de la asamblea,  canciones bellísimas que poco o nada tienen que ver con la celebración.

Yo invito, sin embargo, a quien está siguiendo mi reflexión, a que se asome los domingos a la televisión vasca, a la ETB1, y compruebe un uso de los cantos y del acompañamiento musical verdaderamente modélico y ejemplar. En esta celebración es toda la asamblea la que canta, alternando a veces con un coro pequeño de cantores; los saludos del sacerdote y los diálogos con la asamblea son frecuentemente cantados; y la música utilizada para dar cuerpo a los textos de oración dista considerablemente de la cantilena monocorde, con sabor a sacristía, ideada hace tiempo por los responsables de la música litúrgica oficial española.

Debiéramos buscar un tipo de música que pueda ser cantada por toda la asamblea; una música que, sin dejar de ser festiva y alegre, consiga crear en el ánimo de los participantes un clima de religiosidad profunda, de emoción espiritual controlada. Una música que cree comunidad, que nos haga sentir hermanos y solidarios, que cree en todos los celebrantes un sentimiento de Iglesia congregada.

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