Historia de la salvación y cuaresma

Yo sé que no resulta fácil desentrañar el sentido que tiene la primera lectura de la misa en los domingos de cuaresma. Está tomada siempre del Antiguo Testamento; lo cual pone las cosas aún más difíciles, porque existe una actitud muy generalizada de desconfianza y desinterés respecto a los escritos veterotestamentarios. No se entienden –suele decirse- y quedan muy alejados del pensamiento de Jesús.

Sin embargo yo hago una apuesta por esos textos. Ahora voy a fijar mi atención en la primera lectura de los domingos de cuaresma. Si tuviera que ofrecer una visión de conjunto de todas esas lecturas, en los tres ciclos, diría que ofrecen un resumen de los grandes hitos de la historia de la salvación, una evocación de las maravillosas intervenciones liberadoras de Dios; y al mismo tiempo van presentando los grandes  personajes, los protagonistas singulares que han dado vida a esa historia maravillosa, desde los orígenes.

Porque hay que remontarse a los orígenes: al origen del hombre creado por Dios y roto por el pecado (Gn 2 y 3); al origen renovado del hombre después de la catástrofe del diluvio (Gn 9); y al origen identitario del pueblo de Israel que acaba definiéndose como «hijo de un arameo errante», haciendo a continuación una clara alusión a la experiencia de esclavitud sufrida por el pueblo en Egipto: «Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una dura servidumbre» (Dt 26). Esta referencia a las raíces, a los orígenes que nos definen e identifican, aparece, en los tres ciclos, el primer domingo de cuaresma. Es el punto de arranque.

El segundo domingo, también en los tres  ciclos, fija su interés en la figura de Abrahám. Muchos exegetas colocan en este personaje el inicio de la historia de la salvación. Las diferentes lecturas hablan primero de su vocación y de su éxodo personal, obedeciendo la orden de Dios: «sal de tu tierra»  (Gn 12); después aparece el relato del sacrificio de Isaac, interpretado por la tradición patrística como figura de Jesús (Gn 22); finalmente, en el ciclo  C, se ofrece el texto que recoge la alianza de Dios con Abrahán, donde existe una interesante  mención, omitida en el texto oficial, de la liberación de la esclavitud en Egipto: «Tienes que saber que tus descendientes emigrarán a una tierra extranjera. Allí serán esclavizados y maltratados durante cuatrocientos años. Pero yo juzgaré a la nación que los esclavizará, y después saldrán cargados de riquezas» (Gn 15). Todo esto nos permite deducir que los textos mensionados fueron escritos desde la experiencia pascual del éxodo.

El personaje del tercer  domingo en los tres ciclos es Moisés. Es sin duda la figura más significativa en la historia de Israel. En él se centra toda la aventura liberadora del éxodo; de él se sirvió Yahvé para liberar al pueblo de la esclavitud; a él se manifestó Yahvé en el desierto y le reveló su nombre; él condujo al pueblo a través del desierto hasta la tierra prometida. Las lecturas centran su interés en varios acontecimientos: en la roca misteriosa golpeada por Moisés con su vara, de la que fluyó el agua saludable (Ex 17); la alianza y la entrega de las tablas en el Sinaí (Ex 20); la experiencia de Dios que se acerca a Moisés y le revela su nombre: «Yo soy el que soy» (Ex 3). Este acontecimiento recoge la vocación de Moisés y el mandato de Yahvé de liberar al pueblo de la esclavitud. Ahí nace precisamente la experiencia pascual que el pueblo celebrará y recordará año tras año.

El cuarto domingo recoge tres lecturas de contenido disperso: la unción de David consagrándolo como rey (1Sam 16); la mención de las infidelidades del pueblo y su deportación a Babilonia (2Cron 36); la llegada a la tierra prometida y la celebración de la primera Pascua  (Jos 5). Las lecturas del quinto domingo, tomadas de los profetas,  respiran todas ellas el espíritu de la pascua: En el ciclo A se lee a Ezequiel, cuando proclama que Yahvé nos sacará de nuestras tumbas y nos dará un espíritu nuevo (Ez 37);   o cuando a través de la palabra de Jeremías se nos anuncia el establecimiento de una alianza nueva (Jr 31); finalmente, en el ciclo C, Isaías, evocando la hazaña liberadora del éxodo, anuncia que Dios está realizando cosas nuevas, portentosas: calma a las bestias, hace brotar agua en el desierto y ríos en el yermo. Es la novedad sorprendente de la pascua (Is 43).

Cada uno debe hacer la síntesis. Los responsables de la celebración deben hacerse eco del mensaje que ofrecen estas lecturas, sin dejarse vencer por las dificultades que a veces puedan ofrecer estos escritos. Hay que situar la pascua en el culmen de la historia de la salvación; a través de la pascua de Jesús Dios ha recreado todas las cosas y ha creado en Jesús un hombre nuevo. Los acontecimientos liberadores han ido encaminando la historia hacia la pascua definitiva de Jesús. Hay que descubrir el hilo y hay que enmarcar nuestra experiencia cristiana en la dinámica de este devenir histórico. Esa historia es un proceso regenerador en el que nosotros, por la pascua, estamos inmersos y comprometidos. 

 

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