¿Discurso narrativo o revisión de vida?

 No son dos opciones contradictorias, que se autoexcluyen. Son dos caminos complementarios, pero equilibrados. Sigo mi  reflexión donde la dejé en mi último escrito sobre la cuaresma. Escribía en ese artículo sobre la historia de la salvación y la relacionaba con la primera lectura en los domingos de cuaresma.

La historia de la salvación es uno de los centros de interés de la cuaresma, porque está cimentada sobre la pascua y se desarrolla en torno a la pascua. Cuando hablo de pascua me refiero a la intervención liberadora de Dios, a través de Moisés, sacando al pueblo de la esclavitud y de la miseria. Esta intervención de Dios, que penetra y da sentido a toda la historia del pueblo,  cristaliza en el rito de la pascua, en la comida familiar que la comunidad  hebrea celebra cada año  haciendo memoria de la liberación del éxodo. Esa comida ritual, toda entera, todo lo que se dice y todo lo que se hace, constituye el memorial de la pascua. Así lo han entendido siempre los hebreos.

Y así lo entendemos también nosotros. Porque para nosotros la pascua de Jesús, en la que culmina la pascua hebrea, es el centro de nuestra experiencia cristiana. Es el centro medular de la predicación apostólica; el centro de nuestra fe, por la que confesamos a Jesús resucitado y depositamos en él toda nuestra confianza; es finalmente el centro de nuestra liturgia, porque eso es precisamente lo que celebramos: el acontecimiento pascual de Cristo, su victoria sobre la muerte, la creación de un hombre nuevo del que Jesús se constituye en germen y primicia. Eso es lo que celebramos. No celebramos ideas, ni mensajes moralizantes, ni propuestas doctrinales o educativas;  ni lemas o eslóganes con mucho gancho para arrastrar a la gente. Lo que recordamos y celebramos en nuestras liturgias es un acontecimiento, el acontecimiento del crucificado resucitado. Por eso, en nuestras celebraciones, es tan importante la narración evocadora, los relatos, la memoria; no los discursos abstractos, conceptuales, técnicos, moralizantes y llenos de contenido doctrinal. Por eso también, en el marco de la celebración cristiana, han tenido siempre tanta importancia los testigos, los que han visto los hechos y los narran; ellos son los protagonistas, no los ideólogos, ni los filósofos, ni los que manejan magistralmente el discurso conceptual.

Ahora voy a aterrizar. Voy a referirme al comportamiento habitual que se observa en nuestras celebraciones. Lo que nos suele preocupar es si determinadas celebraciones nos sirven  o no nos sirven; si estimulan o no nuestros compromisos y decisiones; si nos ayudan o no a ser mejores, más responsables, más comprometidos. Todo esto es bueno, irreprochable. Pero no basta. Ni es lo más importante. Los relatos, la evocación de las grandes acciones liberadoras de Dios, la narración de los hechos formidables que jalonan la historia de la salvación, todo esto casi nos resbala, apenas si provoca una reacción significativa en nosotros, apenas si tiene un eco emocional en nuestros sentimientos y vivencias espirituales, apenas si nos estimula a la acción de gracias y a la alabanza, apenas si todo ello es capaz de llenarnos de emoción espiritual y de entusiasmo. Nos apetece más la revisión de vida y en esa tarea centramos nuestra preocupación por encima de la alabanza, y la bendición, y la acción de gracias.

He apuntado al principio que éstas no son opciones contrapuestas, enfrentadas o excluyentes. Son complementarias y necesarias. Pero hay que evitar la atención parcial y el cultivo desmedido unilateral de una sola. En todo caso, yo debo denunciar desde estas líneas el gusto desproporcionado por la revisión de vida y por el discurso doctrinal o moralizante, por encima de la doxología, la alabanza y la acción de gracias. En mi caso, mi apuesta es por el canto, la fiesta y la danza, más que por el latiguillo y la fustigación.

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