Los evangelios de los domingos de cuaresma

Hay unos hilos conductores que permiten establecer conexiones entre los textos evangélicos seleccionados para los domingos de cuaresma. Habría que repartir esta selección en dos bloques.

Primer bloque

Hay que destacar los dos primeros domingos, cuyo tema evangélico, coincidente en los tres ciclos, debe ser observardo horizontalmente: En el primer domingo la lectura evangélica relata  las tentaciones de Jesús en el desierto; y en el segundo, en cambio, los evangelios narran el episodio de la transfiguración del Señor. Lo importante ahora es destacar la relación que ofrecen estos temas con la cuaresma. ¿Por qué se leen estos fragmentos evangélicos durante la cuaresma? ¿Cuáles son los puntos de coincidencia?

Respecto al primer domingo debo decir que el episodio de las tentaciones de Jesús en el desierto, ofrece unas coincidencias evidentes con la cuaresma: los cuarenta días, el ayuno, el desierto, la palabra, la hostilidad de las tentaciones. Este episodio debe ser considerado como el paradigma evangélico de la cuaresma. No en vano esta narración   aparece como lectura evangélica en los más antiguos leccionarios de occidente, como los de Würzburg , Murbach y Aquilea, manuscritos datados entre los siglos VIII y IX, pero cuya estructura y contenido puede remontarse a los siglos V y VI.  

Por otra parte, el evangelio del segundo domingo, utilizado ya en el misal anterior a la reforma,  recoge el episodio de la transfiguración en la triple versión sinóptica. La experiencia de Jesús con los tres apóstoles en el monte Tabor es ofrecida aquí como una anticipación misteriosa de la experiencia pascual.

 Segundo bloque

Es el de los tres últimos domingos. En este caso el hilo hay que delinearlo en sentido  vertical, siguiendo el orden de los ciclos. En cada ciclo hay una línea de interés: en el ciclo A esa línea está marcada por la catequesis bautismal; en el ciclo B domina la preocupación pascual; en el ciclo C  se insiste en la urgencia de la conversión. Lo vemos más pormenorizadamente.

Indudablemente la línea de pensamiento ofrecida en el  Ciclo A  es la más importante, la de mayor solera. Está vinculada a la dimensión bautismal de la cuaresma. Las lecturas que se recogen aquí aparecen en los más antiguos leccionarios romanos y nos ofrecen los temas más importantes de la catequesis bautismal: el tema primero es de la samaritana, que aparece el tercer domingo,  junto con  las profundas palabras de Jesús al hablar del agua de la vida. Jesús es, él mismo, el agua que da la vida.

Sigue luego, en el cuarto domingo, el evangelio del ciego de nacimiento. Jesús corrobora con sus acciones lo que anuncia con sus palabras: «Yo soy la luz del mundo». Jesús aclara con estas palabras el sentido de su gesto dando la vista al ciego. Jesús es la luz. Este es otro de los grandes temas de la catequesis bautismal.

Finalmente, en el domingo quinto, tenemos  el relato de la resurrección de Lázaro. También en este caso la palabra de Jesús interpreta el gesto: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá». Jesús es la vida. Ésta es otro tema de la antigua catequesis bautismal. El conocido liturgista francés A.M. Martimort, en un interesante estudio, señaló hace ya años las importantes coincidencias de estos temas catequéticos con las pinturas encontradas en las catacumbas romanas, donde los primeros cristianos plasmaron en color las escenas de la samaritana, del ciego de nacimiento y de la resurrección de Lázaro. Estas tres lecturas evangélicas representan lo más genuino de la catequesis cristiana prebautismal.

Los domingos del Ciclo B ofrecen aspectos sobre la pascua. En el tercer domingo el texto comienza diciendo  «Se acercaba la pascua»; y luego: «destruid este templo y en tres días lo volveré a levantar»; finalmente, después de aclarar que se refería al «templo de su cuerpo», señala que «cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura». Todas estas referencias son suficientes para centrar nuestra reflexión en el tema de la pascua.

El evangelio del domingo cuarto trae a colación el episodio de la serpiente de bronce, levantada por Moisés en el desierto y que es figura del Mesías elevado en la cruz: «es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto». Juan utiliza dos veces más la expresión «ser levantado en alto» (Jn 12, 32 y 8, 2). El evangelista no se refiere aquí, por  supuesto, al gesto material de levantar a Jesús en el madero, sino al misterio de su glorificación pascual. Porque, al ser elevado en la cruz, Jesús inicia su retorno glorioso al Padre. El Jesús de la cruz es el triunfador,  Señor de la vida y de la muerte.

 Finalmente, en el domingo quinto, Jesús anuncia que ha llegado su «hora», la hora de ser glorificado, la hora de pasar de este mundo al Padre. Confirma después que, como el grano de trigo, también él debe morir para resucitar. Una vez más Jesús se refiere a su elevación en cruz, como expresión de su victoria sobre la muerte. Al final hay  una mención a la tensión entre la luz y las tinieblas,  de claro sentido pascual: «Caminad mientras tengáis  la luz, no sea que las tinieblas os sorprendan.  […] Mientras tengáis luz, creed en la luz y seréis hijos de la luz».

Hay que terminar con el Ciclo C. En este caso el contenido de los textos evangélicos gira en torno al tema de la conversión. De este modo quedan cubiertos los dos caminos,  a los cuales sirve de plataforma la cuaresma: el de los catecúmenos, que serán bautizados en la noche de pascua (ciclo A); y el de los penitentes que eran reconciliados antiguamente el jueves santo (ciclo C).

El domingo tercero es una invitación a la conversión: «Si no os convertís, todos pereceréis». Por otra parte, el domingo cuarto, nos ofrece la maravillosa parábola del hijo pródigo, uno de los pasajes más significativos del evangelio y que mejor refleja la dinámica de la reconciliación: el arrepentimiento del pecador, el reconocimiento de la culpa y la amorosa acogida del Padre, corroborada con el banquete. Hay que señalar, en este sentido, estas palabras del padre: «Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado». Finalmente hay que tomar en consideración el evangelio del quinto domingo, el de la mujer sorprendida en adulterio. En este episodio debería subrayarse la actitud misericordiosa de Jesús frente al comportamiento inmisericorde de sus acusadores. Esa debería ser la actitud de los pastores: comprensión, acogida y perdón.

 

 

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