La vigilia pascual por dentro

 

En mis anteriores escritos manifesté mi disgusto por ver que la semana santa, poco a poco, ha ido fraccionando la unidad del misterio pascual y porque la liturgia de la noche de pascua no ha terminado de erigirse en el centro  neurálgico de la semana santa. Ahora voy a fijar mi atención en la estructura interna de la vigilia.

Lo primero que deseo advertir es que la liturgia de la noche de pascua ha ido configurándose  poco a poco a lo largo de varios siglos. De los cuatro momentos que la integran actualmente hay dos que pertenecen al estrato más arcaico de la celebración: la  vigilia de oración, constituida por la lectura de la palabra de Dios y el canto de los salmos; y la eucaristía. Estos dos momentos aparecen atestiguados por los documentos más antiguos. Más tarde, quizás en el siglo III, se incorpora el bautismo a la celebración, aunque no en todas las iglesias. Habrá que esperar hasta el siglo VI o VII para ver la liturgia del lucernario incorporada a la vigilia de pascua. Con todo, no debemos considerar determinante el criterio histórico para valorar y priorizar los elementos que constituyen la vigilia pascual. Sin embargo, éste es un dato altamente significativo y a tener en cuenta.

Intentando analizar por dentro la vigilia y descubrir la mística que la envuelve, habría que reconocer el valor insustituible de la velada de oración. Porque la noche de pascua es una velada, una velada nocturna de recogimiento y oración, a la espera del Señor que ha de hacerse presente entre los suyos esa noche. La parábola de las vírgenes a la espera del esposo, recogida abundantemente en la tradición, expresa con todo colorido la actitud de la comunidad eclesial en la noche de pascua. Es una espera ansiosa, vigilante, contemplativa, cargada de emoción, empañada por la tristeza que produce la ausencia del esposo. Tristeza manifestada por la Iglesia a través del ayuno. Es evidente que nuestras celebraciones de la vigilia pascual debieran prestar una mayor atención a la liturgia de la palabra, sin recortarla, acercando a los fieles el contenido de las lecturas, creando un clima de escucha y oración, dando a los cantos un tono sereno y contemplativo. La comunidad debe tener la sensación de que está esperando un evento trascendental, que va a transformar su vida: el encuentro gozoso con el crucificado resucitado.

Luego está el banquete eucarístico. La eucaristía rompe el ayuno y da paso a la fiesta. Porque el Señor ha resucitado. Este es el momento álgido y pleno. Todo lo que ha ido sucediendo con anterioridad, a lo largo de la noche, hay que tomarlo como pasos o escalones que van acercándonos progresivamente al gran momento del banquete. Por ese motivo las luces, las flores,  y los adornos van tomando cuerpo y haciéndose patentes poco a poco, hasta la explosión final. El juego de los símbolos representa en este caso un papel definitivo y debe ser impactante.

Ahora debo hacer una referencia al bautismo. Es un momento muy importante en el marco de la celebración. Además goza de un peso específico y de una solera indiscutible en la historia de la vigilia. Es, ni más ni menos, la experiencia sacramental que implica una mayor identidad del creyente en la pascua de Cristo. Siguiendo el pensamiento de Pablo en Romanos 6, debemos confesar que por el bautismo, por la inmersión en las aguas regeneradoras, el catecúmeno se sumerge en la muerte de Cristo para participar en su resurrección. En las aguas bautismales muere el hombre viejo y renace el hombre nuevo. En el bautismo el bautizado es revestido definitivamente de Cristo. Todo esto nos ofrece una perspectiva pascual impresionante y favorece una integración plena del bautismo en la liturgia de esa noche.

La liturgia de la luz. Aquí pondría yo, sin ninguna duda, un toque de sordina. Dado el carácter espectacular de ese momento, con la presencia del fuego, el incienso, el cirio pascual y las lámparas de la comunidad, ese momento con el que se abre la celebración ha ofrecido a los responsables la posibilidad de emocionar a la parroquia y hacer de esta emotiva liturgia, ya de entrada, el centro de la vigilia. Es un error. A lo sumo, este momento es un prólogo, algo así como el pórtico, el inicio. Quiero decir que en ningún caso deben cargarse las tintas sobre la excelencia simbólica del cirio y de las luces. No debemos olvidar algo que para los historiadores de la liturgia pascual es clarísimo. Todo el bloque del lucernario, que era la liturgia vespertina del día de pascua, acabó convirtiéndose en un añadido, acoplándose de forma bastante artificial y desajustada, a la celebración de la noche de pascua.

Conclusión. Para que la celebración cobre la dinámica interna y el interés que le corresponde, para que la gente no se aburra y no se encuentre perdida entre tanto rito, debe recuperarse el nervio interior, potente,  que da  fuerza y sentido a esa liturgia. Ese nervio profundo, sin dejar de ser potente,  es sencillo, simple, elemental, diáfano. Hay que descubrirlo y convertirlo en realidad.

 

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