Configuración progresiva de la vigilia pascual

 

1.  La primitiva celebración de la pascua

Las informaciones que conocemos sobre la celebración de la pascua hasta el siglo III son escasas y fragmentarias. Aparecen de forma esporádica y casual en escritos de carácter teológico o catequético. Sin embargo, en el siglo III encontramos un documento de carácter canónico-litúrgico que nos describe de forma bastante detallada el esquema de la celebración. No es ciertamente un ritual. Por eso la descripción de las celebraciones no es tan minuciosa ni tan precisa como la de un ritual. A pesar de todo, sí que podemos adivinar las líneas fundamentales que integran el esquema de la celebración pascual. Me estoy refiriendo a la “Didascalia de los Apóstoles”, documento siríaco del siglo III. He aquí el texto:

«Es necesario, hermanos, que celebréis con todo interés los días de pascua y mantengáis vuestro ayuno con toda diligencia… Por eso, ayunad los días de pascua a partir del día décimo (de la luna), que es el día segundo de la semana, tomando sólo pan, sal y agua a la hora nona; y esto hasta el día quinto de la semana. El día de la parasceve y el sábado ayunad íntegramente, sin tomar nada.  Durante toda la noche permaneced reunidos en comunidad, no durmáis, pasad toda la noche en vela, rezando y orando, leyendo los profetas, el evangelio y los salmos con temor y temblor, en un clima de súplica incesante, hasta la tercera vigilia de la noche, después del sábado. Entonces romped vuestro ayuno… Ofreced después vuestro sacrificio. Alegraos entonces y comed, llenaos de gozo y de júbilo porque Cristo ha resucitado, como prenda de vuestra resurrección. Esta será vuestra norma para siempre, hasta el fin del mundo».

Como puede observarse, la celebración de la pascua va precedida de un ayuno que se prolonga por espacio de una semana. La celebración propiamente dicha, a juzgar por este informe, está integrada por dos grandes momentos. Hay, primero, una liturgia de la palabra en la que se leen libros del Antiguo y del Nuevo Testamento. Estas lecturas se combinan con cánticos y oraciones. El clima espiritual que se adivina a través del texto citado es de un alto nivel de oración y de una ansiosa espera por la venida del Señor. Este clima de espera, que ya detectamos en el siglo II a través de la “Epistola Apostolorum”, penetra todo el conjunto de la celebración y culmina con el banquete eucarístico. La segunda parte está constituida precisamente por la eucaristía. La participación en el banquete representa la ruptura del ayuno y el comienzo de la fiesta. El clima de alegría que caracteriza a este momento es descrito profusamente en el documento citado. Esta alegría brota por la convicción que tiene la comunidad de que Cristo se hace presente en medio de los suyos en el banquete eucarístico. Es el momento del encuentro gozoso con Cristo, triunfador de la muerte. Es el paso de las tinieblas a la luz, de la noche al día, de la tristeza del ayuno a la alegría de la fiesta. Todos los que creen en Cristo y comparten su cuerpo y su sangre, están llamados a compartir igualmente con él su glorioso retorno al Padre. La celebración termina con el alba.

 

2. El bautismo se incorpora a la celebración

Teológicamente hablando la significación pascual del bautismo es incuestionable. Basta leer, para cerciorarse, la primera carta de San Pedro, de indiscutible sabor pascual y bautismal, como ha demostrado el Pierre Boismard, y el capítulo sexto de la carta a los Romanos, uno de los pasajes emblemáticos en el  que, de manera más clara y contundente, se concentra la teología bautismal de San Pablo quien interpreta la inmersión bautismal como una inmersión en la muerte y resurrección de Cristo.

Eso no quiere decir, sin embargo, que el bautismo fuera celebrado desde el principio en la noche de pascua. Hipótesis esta, por otra parte, que debe ser absolutamente rechazada. El primero en asegurar la celebración del bautismo en conexión con la fiesta de pascua es Tertuliano en el siglo II. En su escrito sobre el bautismo nos dice el teólogo africano que «el día más adecuado para celebrar el bautismo es el día de pascua, ya que en ese día se celebra la pasión del Señor, en la cual somos sumergidos (=bautizados). También Hipólito de Roma, en el siglo III, nos describe en la “Tradición Apostólica” la celebración del bautismo en la noche de pascua.

A estos datos hay que añadir el importante testimonio de un documento posterior a la “Didascalia Apostolorum”, también siriaco, que se remonta a finales del siglo IV o principios del siglo V, llamado “Constituciones de los Apóstoles”, y que no es sino una recomposición de documentos anteriores. También aquí se describe Ia celebración de la Vigilia pascual, siguiendo en esto muy de cerca la descripción de la “Didascalia”. Es sintomática, sin embargo, la alusión que hacen las Constituciones  a la celebración del bautismo, el cual tendría lugar entre la liturgia de la palabra y la eucaristía. He aquí cómo se expresa el documento:

«Reunidos en comunidad, permaneced en vela, rezando y orando a Dios, durante toda la noche; leyendo la ley, los profetas y los salmos, hasta el canto del gallo. Bautizad entonces a vuestros catecúmenos. Leído el evangelio con temor y temblor, y pronunciada la alocución al pueblo sobre las cosas referentes a la salvación, poned fin a vuestro luto. Y orad a Dios para que Israel se convierta, acoja la oportunidad de hacer penitencia para remisión de la impiedad»

 Todos estos testimonios  nos confirman que la incorporación de la liturgia bautismal a la celebración de la vigilia pascual fue un hecho progresivo y muy extendido tanto en Oriente como en Occidente, si bien esta incorporación no se hizo al mismo tiempo en todas las Iglesias.

De esta forma,  si bien la celebración de la noche de pascua al principio estuvo integrada unicamente por una larga vigilia de oración y de escucha de la palabra de Dios que culminaba en la eucaristía, pronto se vio completada con la celebración bautismal como elemento integrante de la misma.

 

3. La anexión del lucernario

Habrá que esperar algunos siglos más hasta que se incorpore la celebración del lucernario al esquema ritual de la vigilia. Es cierto que ya a finales del siglo IV se dan pequeños ensayos de celebración de la luz en conexión con la vigilia pascual. Sin embargo, la estructura desarrollada del lucernario pascual y las magníficas composiciones para la bendición de la luz (“laus cerei”)  aparecerán en las Iglesias de Occidente algo más tarde y de manera progresiva.

En efecto, durante los primeros siglos la celebración de la noche de pascua daba comienzo con la lectura de las profecías. Esto puede verse todavía en el antiguo “Ordo Romanus” XXIII en el que se describen las ceremonias papales de la Semana Santa y que pudo haber servido de guía a un peregrino bien informado en el siglo VIII. Sin embargo, la incorporación de una bendición del fuego y del cirio pascual al comenzar la vigilia es un hecho fluctuante del que no encontramos noticia alguna en los antiguos documentos y que aparecerá por vez primera en las iglesias del norte de Italia en el siglo V,  para extenderse posteriormente en la Galia y en España. Desde el siglo VI el ritual del lucernario pascual era ya conocido, como rito inicial de la vigilia, por las iglesias de la periferia romana; pero la liturgia papal, siempre reticente a las innovaciones, tardará varios siglos en adoptar este ritual de la bendición del fuego y de la luz. De hecho, como acabamos de comprobar algo más arriba en el “Ordo Romanus” XXIII,  la liturgia papal  aún no había adoptado el lucernario para comenzar la vigilia en el siglo VIII.

Los estudios realizados en torno a este tema han demostrado la existencia de una celebración del lucernario, correspondiente al oficio vespertino de cada día. A este propósito es significativo el hecho de que la antigua liturgia hispana llamaba  «lucernario» a la celebración vespertina. La hipótesis más verosímil demuestra que el lucernario pascual no es sino la solemnización del lucernario festivo habitual que, por progresivos reajustes de horario, acabó uniéndose a la vigilia pascual para formar una sola y única celebración. Con todo, un análisis atento de la estructura de la celebración permite descubrir que esta conexión se hizo de manera rudimentaria y artificial. En realidad, más que una incorporación orgánica y coherente, lo que se hizo fue una burda yuxtaposición de ritos.

 

 

 

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