Celebrar la vida y cambiar el mundo

Hay que superar la fractura entre la celebración y el compromiso por la justicia, entre la liturgia y  la implicación solidaria con los empobrecidos. La liturgia ha dejado de ser un oasis de tranquilidad y de inmovilismo. La celebración gozosa y festiva del triunfo de Jesús, del Crucificado Resucitado, no nos debe conducir a la compasión sentimentalista, inactiva y conformista,  sino al acercamiento solidario y fraterno con  los crucificados  de este mundo. Celebrar la pascua significa implicarnos personal y comunitariamente en el proceso transformador y regenerador iniciado con el triunfo pascual de Jesús. Por eso la celebración pascual suscita en nosotros el gozo de la victoria sobre la muerte; el reconocimiento del hombre nuevo recreado en Jesús, primogénito y primicia de la nueva creación; el compromiso solidario por la transformación de esta sociedad nuestra, deprimida y rota, con la esperanza firme en la promesa de Jesús, con la seguridad de su victoria pascual, con nuestra mirada proyectada hacia la gran utopía del Reino que es, al mismo tiempo, promesa, donación y compromiso. Esos son los grandes valores del Reino, que nosotros experimentamos anticipadamente en la eucaristía y que, al mismo tiempo, dinamizan nuestra presencia en el mundo y robustecen nuestra actividad comprometida: la justicia, la paz, la convivencia fraterna, el reparto solidario de los bienes, la alegría de compartir la misma mesa en el banquete mesiánico y nuestro gozo sin límites porque este mundo ha sido vencido y ya no habrá ni guerras, ni opresiones, ni llanto, ni tristezas, ni muerte. Esa es nuestra meta, nuestra gran utopía; eso es lo que celebramos con gozo y con esperanza; y ahí radica, también, nuestro esfuerzo comprometido para la transformación de este mundo y encaminarlo hacia el futuro de la promesa. Termino con unas hermosas palabras de Harwey Cox:  «Me he dado cuenta de que en el mundo actual existe una fractura absurda entre los que transforman el mundo y los que celebran la vida. No entiendo por qué el que celebra la vida no tenga también necesidad de comprometerse en una radical transformación social».

 

 

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