¿Es de verdad el banquete el centro de la celebración?

 

Está claro que en los primeros siglos el momento culminante de la vigilia coincidía con el banquete pascual. En ese momento el ayuno, que la comunidad había ido manteniendo celosamente hasta ese momento de manera progresiva, se rompía y daba comienzo la fiesta. Una fiesta que había de prolongarse por espacio de cincuenta días  (= cincuentena o pentecostés)  y que constituía una especie de  «gran domingo», como se le denomina por algunos testimonios.

El desarrollo ulterior de la celebración, con la incorporación del bautismo y, sobre todo, con la anexión del lucernario, complicó el esquema primitivo. Con la proliferación excesiva de ritos menores y ceremonias complicadas, la estructura quedó desarticulada, el equilibrio de elementos roto y el ritmo de la celebración,  concebido como un in crescendo   progresivo hasta culminar en el banquete, se atrofió por completo para ofrecernos el lamentable espectáculo de una serie de ritos yuxtapuestos de difícil comprensión, ejecutados materialmente y sin la más mínima conexión con la asamblea. Así rodaron las cosas hasta el pontificado de Pío XII.

¿Qué ha pasado después?  ¿Se ha logrado hacer del banquete el centro de interés de la asamblea?  Aquí hay que decir que un lamentable desconocimiento de la liturgia y un malentendido pastoralismo han conducido con frecuencia, sobre todo a raíz de la reforma de Pío XII, a cargar las tintas y centrar el interés de los fieles en la liturgia del fuego y   de la luz. La recuperación de la hora nocturna junto al gancho popular que representa la concentración al aire libre; la fogata, las velas encendidas y el canto del pregón pascual; la fuerza simbólica que reviste la revalorización del cirio como imagen de Cristo Resucitado y la misma novedad de estos ritos, desconocidos hasta ahora por los fieles,  todo ello ha propiciado una excesiva  enfatización del lucernario. No es mi intención, por supuesto, echar un jarro de agua fría sobre las ilusiones y esfuerzos de muchos pastores que han trabajado afanosamente por redescubrir el sentido de esta celebración. Pero sí convendría no perder de vista la dinámica interna progresiva de la celebración, intentando sostener el aliento y la emoción religiosa de la asamblea con habilidad; hasta que, al celebrar el banquete eucarístico, pueda tener lugar la explosión jubilosa del gozo pascual. En cambio, si la emoción religiosa de la asamblea se desata  ya al principio, cuando se llegue al final de la vigilia nos encontraremos con una asamblea emotivamente agotada y exhausta, sin capacidad de reacción.

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