La vigilia pascual del misal de san Pío V a la reforma de Pío XII

1. En el misal de la reforma tridentina

Es indudable que, como ya observaba hace años Anton Baumstark en su famoso libro “Liturgie comparée”, que la semana santa contiene  los estratos más arcaicos conservados en la liturgia romana. Por otra parte, junto a esos elementos venerables, se mantuvieron otros, incorporados arbitrariamente a lo largo del tiempo. Ambos datos, unidos a la importancia indiscutible de la semana santa en el marco del año litúrgico, han hecho de estos días en las últimas décadas un foco de especial interés para la Iglesia. Por este motivo, la vigilia pascual primero (1951-1952)  y el conjunto de la semana santa después (1955),  han sido objeto de sucesivas reformas y remodelaciones.

De todos es sabido que el misal reformado después de Trento y promulgado por san Pío V en 1570 apenas si experimentó modificación alguna durante los cuatro siglos siguientes, excepción hecha del considerable aumento de formularios en el santoral. La estructura de la vigilia pascual, por tanto, permaneció invariable hasta las vísperas del Vaticano II. Voy a limitarme ahora a señalar los aspectos que considero más relevantes indicando, al mismo tiempo, hasta qué punto esa estructura se había mantenido fiel a la más genuina tradición de la Iglesia, y en qué puntos aparecía patente la necesidad de  una reforma.

La estructura básica de la celebración conservaba el esquema original de la vigilia, tal como ésta había quedado configurada a principios de la Edad Media :  1º Lucernario pascual;  2º Lecturas del Antiguo Testamento;  3º Liturgia bautismal;  4º  Misa. Con todo, hay que hacer a este respecto algunas observaciones.

Habría que destacar, en primer lugar,  la complicada sucesión de ritos y ceremonias, irrelevantes en muchos casos, que complicaban el ritmo de la celebración y la hacían penosamente larga, ininteligible y de difícil ejecución. Como botón de muestra se puede  destacar el complejo desarrollo de la bendición del fuego, desde la extracción del mismo de la piedra de pedernal,  la bendición del incienso y la del cirio pascual. Un complejo ceremonial, cuya minuciosa normativa  se movía entre la exquisitez de un encaje  y la esquizofrenia ceremonialista. Esta observación, no obstante, podría servir de crítica, en mayor o menor grado,  a toda la liturgia que entonces estaba en uso.

El lucernario pascual aparece incorporado al conjunto de la vigilia de forma artificial, como una mera yuxtaposición. El buen observador podía percibir que la primitiva liturgia romana de la vigilia comenzaba directamente con la lectura del Antiguo Testamento y no con la celebración del lucernario.  Por eso precisamente, al acabar la bendición del cirio pascual, el diácono se despojaba de la dalmática blanca y se vestía con la morada. Era como un paso atrás para comenzar de nuevo en el clima penitencial de la cuaresma. De ahí la fórmula penitencial del “Flectamus genua”, de sabor eminentemente cuaresmal, que pronunciaba repetidas veces el diácono invitando al pueblo a orar de rodillas.

La Liturgia de la palabra no aparece configurada de forma clara y coherente. De hecho, la proclamación de las lecturas del Antiguo Testamento aparece desconectada de la lectura de la epístola y del evangelio de la misa. Es como si  la misa formara un bloque independiente añadido al conjunto de la celebración. La liturgia bautismal se incluye en el esquema de la vigilia interrumpiendo la sucesiva proclamación de la palabra de Dios.

 Aparte las observaciones referidas a la celebración misma, habría que destacar aquí, como una deplorable adulteración, el desplazamiento de la hora. En esto  -hay que decirlo abiertamente-  la iglesia romana había roto con la más genuina tradición de la Iglesia. La vigilia pascual había sido concebida siempre, desde sus inicios, como una celebración nocturna. Sin embargo, por una serie de circunstancias, la hora fue adelantándose paulatinamente hasta que se estableció la costumbre de celebrar la vigilia a primeras horas de la mañana del sábado santo, mal llamado por ese motivo sábado de gloria. Lo cual, naturalmente, provocaba una curiosa situación de absurda incongruencia. Los que ya peinamos canas aún recordamos aquellas mañanas de sábado de gloria, con su exultante volteo de campanas   y con el disonante e insistente canto del “Haec nox est”    y  del   “O vere beata nox”  del pregón pascual, sublime apología de la noche, cantado con toda solemnidad a las ocho o las  nueve de la mañana.

Hay además pequeños detalles curiosos, que bien podríamos denominar anomalías o simplemente errores, que no escaparon al ojo crítico de los liturgistas modernos. Así, por ejemplo, el uso de la fórmula  «Veniat, qaesumus, … super hoc insensum larga tuae benedictionis infussio», utilizada para bendecir el  «incienso», cuando, en realidad, la fórmula latina original hace referencia no al incienso, sino al cirio «encendido» (incensum cereum ).  En el mismo sentido, aparecía notoriamente el desajuste entre algunas lecturas y las oraciones correspondientes. Todo ello delataba una cierta insensibilidad litúrgica o un desconocimiento lamentable, junto con una gran desidia, fruto de un claro proceso de esclerotización; pero, sobre todo, reflejaba la urgente necesidad de una reforma a fondo. Así lo entendió Pío XII, como vamos a ver.

 

2. La reforma de Pío XII

Todos los expertos advierten que la reforma litúrgica de Pío XII fue una especie de ensayo de lo que sería después la reforma promovida por el Concilio Vaticano II.

El 9 de febrero de 1951 (8) apareció un primer decreto de la Sagrada Congregación de Ritos instaurando  «ad experimentum» la vigilia pascual. Era una respuesta a las múltiples demandas, provenientes de numerosas iglesias de todo el mundo, pidiendo la restauración  de la vigilia. En esta primera reforma aparecía ya configurada, en sus líneas básicas, lo que sería la reforma posterior. El cambio más espectacular fue, sin duda, la recuperación de la hora de la vigilia que se remitía  «ad horas nocturnas». En documentos posteriores la hora quedará establecida en términos más exactos : «La vigilia pascual debe celebrarse a la hora oportuna, es decir, a una hora que permita poder comenzar la misa solemne de la vigilia hacia la media noche entre el sábado santo y el domingo de resurrección» (9).

En esta primera reforma, que por un decreto de la Sagrada Congregación de Ritos del 11 de enero de 1952 fue aprobada  ad experimentum   por tres años  (10),  se simplificaron los ritos del lucernario, reduciendo el número de oraciones, corrigiendo los errores de redacción y estableciendo el uso correcto de las mismas;  se suprimió el uso de la caña con las tres velas  (las tres «marías») y se revalorizó, en cambio, la presencia del cirio pascual;  se redujo el número de lecturas, ajustándose a la tradición gregoriana,  que contaba solo con cuatro lecturas;  se introdujo la solemne renovación de las promesas bautismales por parte de la asamblea; etc. No se resolvió, en cambio, el acoplamiento correcto del lucernario al resto de la celebración. De hecho, el diácono siguió despojándose de la dalmática blanca, utilizada para la bendición del cirio, para revestirse de la morada al comenzar las lecturas. La liturgia de la palabra seguía fragmentada y desprovista de la necesaria unidad y coherencia, ya que la liturgia bautismal  continuaba introduciéndose  como una cuña o paréntesis, rompiendo el ritmo y el normal desarrollo de la misma. La misa seguía acoplándose al resto de la celebración como un apéndice final. Finalmente, por un mimetismo incomprensible, la celebración concluía con el canto de los laudes de pascua.

Más tarde, al agotarse el período experimental de tres años, por otro decreto de la Sagrada Congregación de Ritos del 16 de noviembre de 1955 se ponía en marcha la restauración de toda la semana santa Por lo que respecta a la vigilia pascual, se mantiene en el mismo nivel de reforma aparecida en la primera etapa.  Con todo, a través de pequeños detalles, se observa un cierto proce de depuración ulterior. Por ejemplo, se elimina definitivamente el color morado de la celebración y se adopta el color blanco desde el principio, se suprime el Flectamus genua   de las oraciones y la cuarta lectura, que en la primera reforma se tomaba de Dt 31,22-30, se sustituye por Is54.55, ajustándose así plenamente a la tradición gregoriana. Por otra parte, se eliminan los desplazamientos de los ministros a la sacristía para el  cambio de ornamentos.

De todos modos, la vigilia permanece en el mismo nivel de luces y sombras, tal como lo he señalado más arriba. Habrá que esperar a la reforma promovida por el Concilio Vaticano II para poder apreciar una vigilia pascual plenamente renovada y acorde con el conjunto de la reforma litúrgica.

 

 

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