La vigilia pascual en el misal del Vaticano II

Al final del recorrido histórico que hemos hecho en los escritos ateriores, aunque solo haya sido en sus líneas esenciales, desembocamos en la actual estructura que nos ha brindado la reforma litúrgica bajo las directrices del Concilio.

La celebración actual aparece equilibrada y simple; de fácil comprensión. Es indudable que éste es uno de los casos en que la reforma ha favorecido una más plena participación de los fieles, tal como deseaba el Concilio. En este caso la celebración se presenta de forma unitaria y coherente, sin rupturas o cortes artificiales, equilibrada en sus elementos y animada por un ritmo creciente que cobra su máximo interés en el banquete eucarístico.

 

a. El lucernario pascual.

Éste ha sido reducido a sus componentes más esenciales, sin aditamentos rituales inútiles, que solo contribuyen a entorpecer el ritmo de la celebración. En reformas anteriores había sido suprimida la bendición del incienso; en esta última reforma también se ha eliminado la fórmula  «Veniat, quaesumus, omnipotens Deus» que venía utilizando el sacerdote para la bendición del cirio, cuando, en realidad, la auténtica bendición del cirio es la que pronuncia el diácono con el canto solemne del pregón pascual. Por otra parte, la nueva normativa, dotada de una inteligente flexibilidad, permite adaptar la celebración a las circunstancias concretas y a las condiciones reales de la asamblea. En conjunto, hay que decir que la misma configuración actual de esta primera parte de la vigilia invita a una cierta discreción, de forma que a esta parte de la  liturgia  no se le conceda el desmesurado énfasis que en algunos momentos y en  determinadas iglesias se le ha pretendido atribuir.

b. Las lecturas.

Hay que resaltar, en primer lugar, respecto a las lecturas, que por vez primera todas ellas forman un conjunto unitario y constituyen una solemne y prolongada liturgia de la palabra en la cual las lecturas se suceden, seguidas del canto responsorial y de la oración colecta. Las lecturas del Antiguo Testamento culminan con la lectura apostólica y con la solemne proclamación del evangelio que, en esta noche, está cargada de una fuerza excepcional. La liturgia bautismal, como ya es habitual en la reforma litúrgica, ha sido desplazada al final de la liturgia de la palabra y antes del banquete eucarístico.

Es importante señalar, por otra parte, que han sido seleccionadas siete lecturas del Antiguo Testamento y dos del Nuevo (apóstol y evangelio), aunque no es preceptivo utilizar todas ellas en la celebración. Los  pasajes bíblicos elegidos, que subrayan los aspectos más significativos del misterio pascual, se ajustan al esquema de la tradición gelasiana, aunque en un número menor de lecturas. Los cantos responsoriales y las oraciones que siguen a las lecturas conectan, por vez primera, con el contenido de las lecturas. Todo ello garantiza un mayor sentido y una mayor coherencia interna.

c. La liturgia bautismal.

En este punto, además del desplazamiento al final de la liturgia de la palabra, hay que subrayar un cierto criterio de simplificación y un enriquecimiento notable de las fórmulas, adaptadas con frecuencia a las exigencias y sensibilidad del hombre de nuestro tiempo. Cabe destacar aquí el acierto de las moniciones introductorias, colocadas en los momentos más importantes, que ayudan a una participación más consciente y a una visión más coherente del conjunto de la celebración.  Ni que decir tiene que cuando, además de la bendición del agua y la renovación de las promesas bautismales de toda la asamblea, tiene lugar la celebración del bautismo administrado a catecúmenos adultos preparados durante la cuaresma, el conjunto de la vigilia pascual adquiere una significación peculiar y un relieve extraordinario de cara a la cuaresma ya  que, en este caso, ésta se convierte de verdad  en un camino ascendente y progresivo que culmina en la celebración bautismal de la vigilia.

d.  Banquete eucarístico.

No aparece ya como una misa yuxtapuesta a un conjunto de ceremonias, más o menos extrañas, sino como el coronamiento de toda la celebración. El desarrollo de la eucaristía no ofrece, por otra parte, peculiaridad alguna; de no ser la especial solemnidad que reviste el banquete eucarístico en la fiesta más importante del año. Con buen sentido han sido suprimidos los laudes al final de la misa.

Desearía concluir estas anotaciones dejando clara la posibilidad que ofrece la nueva liturgia para incorporar textos nuevos modernos, más adecuados a la sensibilidad de nuestras gentes, e incluso elementos simbólicos o gestos que puedan expresar con mayor autenticidad el gozo de la comunidad que celebra la pascua del Señor.

 

 

 

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