Las lecturas bíblicas de la vigilia pascual

Existe un  núcleo de lecturas bíblicas utilizadas de forma constante por la tradición litúrgica universal en la celebración de la vigilia pascual. Es indudable que la pascua ofrece un ángulo de luz para interpretar esos textos en clave pascual; también es cierto que, a su vez, esas lecturas ofrecen aspectos diversos de interpretación que nos permiten descubrir facetas distintas de la fiesta de pascua. Hay pues una especie de complementariedad o de mutua iluminación. Vamos a verlo.

 

El relato de la creación  (Gn. 1):

Los antiguos estaban convencidos de que la pascua celebraba el aniversario dela creación. Por otra parte, los teólogos de Israel eran conscientes de que el relato de la creación solo se podía entender desde la perspectiva pascual del Éxodo.  La pascua del Éxodo permitía descubrir la plenitud de la creación, no en su vertiente filosófica sino como acto soberano de un Dios que, en el mismo acto creador,  se revelaba como padre del pueblo elegido. Dios crea constantemente. Sus acciones salvíficas y liberadoras son actos creadores. Por eso la creación  se renueva en la liberación pascual del Éxodo. Más aún, la acción pascual de Jesús es interpretada como una nueva creación. Y el hombre surgido en la pascua del Nuevo Testamento es visto como un hombre nuevo, como una criatura nueva. Al final de los tiempos, cuando Cristo sea todo en todas las cosas, cuando la pascua llegue a su plenitud, entonces aparecerán,  como en una explosión cósmica,  el cielo nuevo y la tierra nueva de que habla el Apocalipsis.

 

El sacrificio de Abrahán (Gn. 22):

Los Padres de la Iglesia han sido muy amigos de buscar analogías entre los hechos del Primer Testamento y los del Nuevo. No lo hacían sólo por motivos pedagógicos, para hacerse entender e interpretar mejor las Escrituras; sino que ellos sabían muy bien que los acontecimientos del Antiguo eran signos que anunciaban las realidades del Nuevo y que el Dios del Antiguo era el mismo Dios Padre, revelado en el Nuevo Testamento. Había, por tanto, una clara línea de continuidad. En ese sentido la acción de Abrahán sacrificando a su hijo Isaac en el monte Moriah apareció siempre a los ojos de los santos Padres como una imagen de Dios enviando a su Hijo al mundo para  entregarse a la muerte y convertirse, de este modo, en ofrenda sacrificial para la salvación del mundo.

 

El cordero pascual (Ex. 12):

Han llegado hasta nosotros unas hermosas homilías que los expertos datan en el siglo II. Una de ellas es atribuida a Melitón de Sardes; otra,  a un autor anónimo de la misma época. Al leer estas homilías llama la atención la importancia que ambos autores dispensan a la pascua de los judíos, a la que fue instituida en Egipto para sellar el pacto de alianza entre Dios y su pueblo. Esta pascua fue como el signo anunciador, como el anticipo o, como uno de ellos la llama, el boceto que anunciaba y anticipaba ya la riqueza de la pascua definitiva de Jesús. Éste es el verdadero cordero, que asumió en su carne toda la miseria humana para aniquilarla en su muerte y rehabilitarla por la fuerza poderosa de su resurrección.

 

El paso del Mar Rojo  (Ex. 14):

Algunos autores antiguos decían que la palabra “pascua”, “pascha”  en latín, procedía de la palabra griega  “paschein”, que significa “padecer”. Esta interpretación filológica es falsa. La palabra pascua no proviene del griego, sino del hebrero  “phase”  que significa “paso”  o “tránsito”. Así describe san Juan la pascua de Jesús cuando dice  «Habiendo llegado la hora de pasar de este mundo al Padre»  (Jn. 13,1). En este sentido el paso del Mar Rojo es uno de los acontecimientos paradigmáticos en los que mejor se resume, de manera plástica, la epopeya pascual del pueblo de Israel: en ese acontecimiento se resume el paso de la esclavitud a la libertad, el paso de un pueblo disperso y esclavo a la nueva situación  de un pueblo cohesionado y consciente de haber sido elegido por Dios. Es además, el paso de las tinieblas a la luz, de la pobreza a la riqueza, de la muerte a la vida.

 

La visión escatológica de Ezequiel  (Ez 37):

Es una clara alusión a la fuerza regeneradora y vivificadora del Espíritu. La experiencia de Ezequiel  comienza con la  macabra visión de los montones de huesos resequidos por el tiempo y por la muerte y que la fuerza poderosa del Espíritu de Dios devuelve ala vida. Es indudable que el uso litúrgico de este texto en la noche de pascua es una clara evocación del triunfo de la vida sobre la muerte.

 

El cántico de los tres jóvenes en el horno  (Dan. 3):

La tradición litúrgica, atestiguada por múltiples testimonios,  ha reservado el último lugar de la lista de lecturas para la proclamación de este pasaje. La historia bíblica de los tres jóvenes ha formado parte de la más primitiva enseñanza catequética impartida por la Iglesia romana desde antiguo. De hecho, en las paredes de las catacumbas, junto con la figura de Moisés,la de Jonás,la de Daniel  yla de Lázaro, aparece igualmente la de los tres jóvenes.  Estudios serios en torno a este particular (A.G. Martimrt) aseguran que estos personajes y las historias que ellos representan constituyen el núcleo medular de la más primitiva catequesis cristiana muy centrada, como puede observarse, en torno a la dinámica de la pascua en la que se subraya, sobre todo, el triunfo de la vida sobre la muerte.

 

 

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