¿Son inteligibles los símbolos de la vigilia?

 

En la celebración de la noche de pascua entran en juego una serie de elementos simbólicos de cuya transparencia y comprensión por parte de los fieles no estoy completamente seguro. Los elementos simbólicos a que me refiero son el fuego, la luz, el incienso, el agua, el sonido de las campanas, las flores, el pan y el vino compartidos en el banquete eucarístico, etc.  Como puede verse, no todos estos elementos tienen la misma importancia ni ofrecen la misma dificultad para ser comprendidos. De todos modos, por encima de la dimensión simbólica de estos elementos considerados aisladamente, lo que aquí conviene resaltar es la dinámica simbólica y la fuerza expresiva del conjunto de la celebración.  ¿Expresa realmente esta constelación de símbolos la idea de «paso»? ¿Tienen de verdad nuestros fieles la impresión de estar  «pasando» de las tinieblas a la luz;  de la tristeza, por la ausencia del Señor, al gozo de su presencia gloriosa?  ¿Llega a impactar efectivamente a nuestros fieles ese conjunto de símbolos  -la luz, las flores, el sonido del órgano y de las campanas-  hasta provocar en ellos la experiencia de la alegría  pascual? La participación en el banquete eucarístico en la noche de pascua  ¿significa para los fieles que están celebrando el gran festín de pascua?

Si tuviera que adelantar alguna respuesta, arriesgando un diagnóstico sobre nuestra realidad pastoral, diría que, en buena parte, nuestras asambleas no conectan o muy difícilmente con el mensaje de esos símbolos.  ¿Razones? Primera, la escasa carga expresiva con que los responsables de la pastoral dotan a dichos elementos o gestos, ejecutándolos rutinariamente y privándoles de transparencia;  segundo, la escasa preparación litúrgica de nuestros sacerdotes, por una parte, y la inexistencia de una catequesis específicamente mistagógica de cara a los fieles, por otra; tercero, el claro desajuste entre el lenguaje de esos símbolos, pertenecientes en su mayoría a una cultura rural y en contacto con la naturaleza, y el lenguaje del hombre de nuestras ciudades  cuya sensibilidad ha quedado atrofiada, en buena parte, por el asfalto y las construcciones de hormigón.

 

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