El mensaje bíblico en la Cincuentena

 

Fiel a la tradición litúrgica universal, la reforma del Vaticano II ha reservado estos libros del Nuevo Testamento para que sean leídos durante el tiempo pascual en las celebraciones litúrgicas: Hechos de los Apóstoles, primera carta de Pedro, primera carta de Juan, Apocalipsis y evangelio de Juan. Aparte el respeto y la fidelidad a la tradición, ¿qué otras razones han podido mover a la Iglesia al determinar que estos libros sean leidos durante el período de la cincuentena pascual? ¿Existe alguna vinculación especial entre estos libros y el periodo de pascua? ¿Seria posible afirmar que estos libros están caracterizados por una peculiar dimensión pascual?

En principio hay que decir que sí. Todos estos libros adquieren una significación peculiar al ser leídos e interpretados desde la perspectiva del misterio pascual. Más aún: yo estoy convencido de que la mejor interpretación teológica de la cincuentena pascual hay que hacerla desde los ángulos de visión que nos brindan esos libros del Nuevo Testamento y que la Iglesia lee durante esos cincuenta días. Dentro de esta perspectiva, Pere Tena describe la cincuentena como «el tiempo de la profundización en lo que nosotros—la comunidad cristiana—somos en razón de nuestra comunión con Jesús resucitado»  (31).

La cincuentena, efectivamente, nos permite una profundización y una experiencia singular de nuestra propia identidad cristiana y eclesial. La lectura continuada del libro de los Hechos nos permite descubrir el verdadero rostro de la comunidad primitiva, su identidad más original: se trata de ese grupo  de discípulos que surgió pujante en torno al Resucitado, para convertirse en comunidad de hermanos, convencidos de que Jesús vive para siempre, glorioso y triunfador. Es la comunidad que ha nacido del agua y del Espíritu, que se congrega regularmente para escuchar la predicación de los apóstoles, que celebra con gozo la fracción del pan, que comparte fraternalmente todos los bienes, que vive adherida incondicionalmente al Jesús de la resurrección, le reconoce presente en la fracción del pan, prolongando así la experiencia de las apariciones en la eucaristía, y espera con ansiedad su venida gloriosa al final de los tiempos. Es la comunidad que ha nacido de la pascua de Jesús, por la fuerza irresistible de su Espíritu que la anima y mantiene en la unidad. Es, finalmente, la comunidad cuya vida se mantiene hoy en la Iglesia, animada por una misma fe y un mismo Espíritu.

La lectura de la primera carta y del evangelio de Juan nos hace tomar conciencia de nuestra íntima vinculación al Crucificado-Resucitado, y de nuestra comunión de vida con el Padre en el Espíritu. En sus escritos, Juan ahonda en esas realidades supremas que dan vida a quienes, junto con Cristo, han pasado de este mundo al Padre. Es la vida en el Espíritu de quienes, revestidos de la luz, han descubierto su nueva condición de hijos de Dios y anticipan ya en este mundo la íntima comunión de amor con el Padre. De alguna forma, la lectura del Apocalipsis viene a completar esta perspectiva escatológica que caracteriza a toda nuestra experiencia pascual. Creo que sería correcto decir que esta experiencia, renovada año tras año, viene a ser como una actualización periódica de la experiencia joánica del Apocalipsis: victoria de la vida sobre la muerte, de la verdad sobre el error, de la alegría sobre el llanto, de la luz sobre las tinieblas; inauguración dela nueva Jerusalén, del cielo nuevo y de la tierra nueva, del hombre nuevo y de la creación nueva.

 

 

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