Las apariciones del Resucitado y la eucaristía

 

Hasta hace bien poco, los teólogos, al referirse a las apariciones del  Resucitado, las interpretaban como prueba milagrosa de la resurrección del Señor. Se resaltaba, sobre todo, la actitud tozuda de Tomás y su indiferencia ante las emocionadas palabras de sus compañeros al asegurarle que habían visto al Señor. Solo creyó Tomás al ver a Jesús y meter su mano desconfiada en las llagas del Resucitado (Jn 20, 24-29). En ningún caso se adoptó una actitud crítica frente a estos relatos ni se pensó en la dificultad de entender estas narraciones en clave histórica.

Voy a intentar yo, aunque sea muy brevemente, ofrecer algunos apuntes que puedan darnos nuevas pistas de interpretación. Habría que comenzar con la aparición a los dos discípulos que caminaban hacia la aldea de Emaús (Lc 24, 13-35). Al llegar a la aldea, Jesús comparte con ellos la mesa y realiza los mismos gestos de la última cena: «estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio». Entonces, al partir el pan, los discípulos reconocieron al Señor. Así lo contaron luego a los apóstoles.

Curiosamente, una buena parte de las apariciones del Señor se nos presenta en el marco de una comida fraterna. Esto tiene lugar tanto en Jerusalén como en Galilea, junto al lago. Son precisamente Lucas (Lc 24, 41-42; 14; Hch 1, 3) y Juan (Jn 21, 9-15) quienes tienen un interés especial en hacer referencia a las comidas. Cuando el Señor se manifiesta, los discípulos están reunidos. Su presencia les llena de alegría, provocando en ellos la agallíasis, la «alegría escatológica», tal como la define el teólogo Oscar Cullmann.

Para completar los datos debo hacer referencia al entorno litúrgico que rodea a las apariciones del Señor. Tanto Lucas como Juan hacen notar repetidas veces el saludo del Resucitado «La paz esté con vosotros» (Lc 24, 36; Jn 20, 19; 21; 26),  que rezuma indudablemente un tono sacral y hierático. Pero hay más. Juan tiene buen cuidado en señalar que la primera aparición tiene lugar el primer día de la semana, el domingo: «Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, […] llegó Jesús» (Jn 20, 19). Es aún más sorprendente la insistencia en apuntar, de forma cuidadosamente premeditada, que a los ocho días, al domingo siguiente, volvió a aparecerse el Señor en el mismo ambiente supuestamente sagrado: «Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa  […]  Entonces apareció Jesús»  (Jn 20, 26). Parece pues que, en este caso Juan, tiene sumo interés en dejar claro que las apariciones  del Resucitado tienen lugar estando reunidos los discípulos, sentados a la mesa, justamente el primer día de la semana, las dos veces, y rodeando el acontecimiento de un cierto ambiente litúrgico corroborado, sobre todo, por el saludo de Jesús, de corte ritual.

Estos son los datos, tal como aparecen en los textos bíblicos. Ahora hay que interpretarlos, leer entre líneas, descubrir el mensaje. Porque indudablemente, tanto Juan como Lucas, al seleccionar y presentar esos relatos, tienen una intencionalidad precisa. Ocurre lo mismo con los relatos de la última cena; los exegetas (J. Jeremias) están convencidos de que la intencionalidad de esas narraciones no es precisamente relatar los hechos tal como acaecieron históricamente, sino reflejar las pautas de comportamiento seguidas en la fracción del pan en las comunidades cristianas.  También en el caso de las apariciones la intencionalidad de los evangelistas no es seguramente ofrecernos un relato histórico de los hechos, sino hacernos ver el nexo extraordinario entre las comidas de Jesús; entre las que tuvieron lugar antes de la pasión, sobre todo la última cena, y las comidas con el Resucitado. Los gestos de Jesús son los mismos y son señalados con toda la intención tanto en la multiplicación de los panes (Jn 5, 11; Mt 14, 19; Mc 6, 41; Lc 9, 16), como en la última cena (Mt 26; Mc 14; Lc 22; 1Cor 11)  y en la comida con los de Emaús (Lc 24, 30-31): Jesús toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y lo distribuye. Estas alusiones a las comidas de Jesús, tan ajustadas a un mismo patrón, pretenden indudablemente establecer un nexo entre esas comidas y la eucaristía de la Iglesia, evocada en los Hechos como «fracción del pan».

Hay que insistir además en la clara intención de Juan de conectar la experiencia de las apariciones con la celebración de la eucaristía el primer día de la semana, el domingo. La eucaristía permite a la comunidad de creyentes revivir la misma experiencia que tuvieron los apóstoles y discípulos al sentir la presencia del Resucitado: al partir el pan, como los de Emaús, los que han creído en Jesús lo reconocen presente y vivo entre ellos, glorioso y triunfador; lo mismo que los discípulos, también la comunidad cristiana se llena de alegría, la alegría escatológica que le permite anticipar in misterio el gozo del banquete mesiánico; igual que los discípulos, los cristianos reunidos reconocen en la fracción del pan que Jesús es el Señor, celebran su señorío y gritan con entusiasmo el ansia de su venida final, cantando el marana tha del Apocalipsis.

En esa línea deberíamos entender el mensaje de las apariciones. Porque esa ha sido, sin duda, la intención de Juan y de los sinópticos. Los relatos evangélicos no pretenden, si más, elaborar una relación detallada, histórica, de los hechos. Lo que ellos nos ofrecen es una preciosa evocación de los sentimientos y de la extraordinaria experiencia que vivieron los discípulos al tomar conciencia de la presencia del Señor resucitado. Presencia que, al cabo de los años después de los hechos evocados, ellos y las comunidades cristianas pudieron revivir y experimentar también al reunirse, domingo tras domingo, para celebrar la eucaristía.

 

 

 

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