La liturgia de las Comunidades Monásticas de Jerusalén

Desde hace años sigo con interés la aventura de las Comunidades Monásticas de Jerusalén. Porque de una aventura se trata. Una aventura fantástica, idealista, cargada de fuerza espiritual y volcada en la acción del Espíritu. He seguido con sumo interés, sobre todo, las celebraciones litúrgicas de sus comunidades, tanto las de Saint Gervais de Paris como las de Monreal.
Con gran sorpresa ha caído en mis manos un escrito de Carlos Eymar, publicado en Religión Digital en octubre del 2008, hace ya casi cuatro años, y que lleva el título de “Mi misa preferida en Paris”. No conozco al autor, pero su escrito no tiene desperdicio. Lo he leído a gusto, con interés, y debo confesar que me siento muy identificado con él. También yo soy un admirador y un entusiasta de la genial iniciativa del Padre Pierre Marie Delfieux, iniciador e impulsor de las comunidades monásticas, de ese intento por vivir el ideal monástico en medio de las ciudades.
Uno de los elementos clave de las comunidades es la celebración de la liturgia, tanto de la eucaristía como de las horas. Si tuviera que definir de algún modo el perfil de estas celebraciones, resumiría mi impresión subrayando la calidad de las mismas y su irresistible fuerza espiritual. Cuando hablo de calidad, me refiero al alto nivel de pureza artística  en los cantos, en el uso de instrumentos musicales, en la distribución de los espacios, en la predicación, en los textos de oración, en la forma de proclamar la palabra de Dios, en el equilibrio armónico de sus gestos, de sus movimientos y desplazamientos. Es fantástica la forma serena y mesurada de la monja que enciende las velas, al principio, y prepara la iluminación del espacio celebrativo.
Luego hablo de la fuerza espiritual que trasmite todo el conjunto. No es fácil crear este clima de oración festiva. No es fácil encontrar el punto.  No es fácil mantener el equilibrio entre un mínimo de hieratismo sagrado, sin caer en la cursilería. Tampoco es fácil crear un clima de emoción espiritual, de sintonía con el mundo de los símbolos y de la gestualidad sagrada, sin derivar hacia posturas de falso misticismo, artificial y ajeno a la realidad. En cambio, al participar en las celebraciones de Saint Gervais, uno no deja de sentir la profundidad espiritual de las miradas, la delicadeza de las manos orantes,  la grandeza de los gestos, el contacto sereno con los símbolos; y, a través de todo ello, la vivencia profunda y sincera del misterio. Esa es la clave. En las celebraciones debemos ser capaces de crear ambiente, de suscitar un clima capaz de propiciar un encuentro con el Altísimo, capaz de impulsar nuestra inmersión en el misterio de Dios por medio de Jesús.
Pero esta experiencia novísima, tan prendida del espíritu del Vaticano II y de su liturgia renovada, no ha sido capaz de abrirse camino en España. A mí me sorprende este hecho, me deja perplejo. A este propósito deseo conectar con un comentario que acompaña al escrito de Carlos Eymar. El comentarista, cuyo nombre no soy capaz de adivinar, se manifiesta ferviente admirador de la iniciativa monástica francesa. En su breve comentario se pregunta por qué esta iniciativa no ha cuajado en España. La respuesta es genial y voy a transcribirla: «Tengo una teoría sobre el fracaso de una posible fundación en España: aquí somos (son) muy, pero que muy progres; y todo eso de los inciensos, las reverencias, la adoración eucarística, la comunión cordial con la jerarquía, etc., etc., suena a rancio y preconciliar. El otro “ala” de la Iglesia tampoco gusta de estas iniciativas que le parecen excesivamente exóticas. Y así estamos».
Pues bien. Debo confesar que me siento bastante en sintonía con el comentarista de marras. Más aún, tengo el convencimiento de que, cuatro años después, la situación en nuestro país no ha cambiado. Yo también pienso que existe en un amplio sector en la Iglesia española que no es capaz de sintonizar con esta forma de celebrar. Seguramente será a causa de los genes o de eso que llamamos idiosincrasia. El hecho es que en nuestras comunidades, nuestras gentes sienten una grave resistencia a dejarse atrapar por el mundo de los símbolos; a servirse de expresiones corporales, de gestos cargados de significado; a dejarse embargar por un mundo de emociones profundas y preñadas de fuerza espiritual. A veces pienso que todo ese mundo de las mediaciones, tan esencial en el comportamiento litúrgico y celebrativo, tan conocido y analizado en el ámbito de la reflexión teológica, no acaba de ser asumido y experimentado en el campo de la experiencia pastoral.
Por todo ello pienso que nos estamos moviendo entre la resignación y la esperanza. Resignación, porque el lastre que arrastra nuestro esfuerzo renovador es inmenso; hay una gran repugnancia entre nuestra gente de iglesia para ser animadores de celebraciones espiritualmente profundas y expresivas, liberadas de proyectos pseudopastorales y falsamente atrayentes. Sin embargo, uno es decididamente optimista y no se resigna a sucumbir en el  desaliento. Hay que abrir horizontes de esperanza. Hay que desbrozar el camino hacia celebraciones profundas, equilibradas, comunitarias y fraternas, cargadas de emoción espiritual y capaces de sumergirnos en el mundo del misteri

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