¿Está encerrada la palabra de Dios en la Biblia?

Ante todo debo clarificar el sentido de la pregunta. Lo que deseo saber, en realidad,  no es si la palabra de Dios se encuentra en la Biblia; sino si se encuentra en ella exclusivamente; si el mensaje divino ha quedado encerrado y monopolizado por la Escritura, de tal modo que ésta venga a constituir el único acceso viable para conocer el mensaje de Dios y su revelación.
Ya he intentado aclarar en otros escritos que la Escritura constituye algo así como la consignación por escrito de la primitiva predicación apostólica. La tradición oral, en cuanto vehículo original del mensaje de Jesús, es anterior a la plasmación escrita del mensaje. No todo el contenido de la tradición oral fue fijado en los escritos bíblicos. Hay, sin duda, muchas palabras de Jesús, transmitidas por la tradición oral, que no se encuentran en la Escritura. Todo ello nos hace pensar que los escritos del Nuevo Testamento, aún con la garantía de la inspiración divina, no agotaron el contenido total del mensaje de Jesús.
Esto es cierto. Pero el problema se plantea hoy desde otra perspectiva. Sin duda alguna la revelación de Dios no queda monopolizada por la Escritura. Hay otros caminos. Dios se comunica a través de otras vías. A esos caminos y a esas vías las llamamos hoy “signos de los tiempos”. Son los acontecimientos de la vida, los cambios sociales y políticos, las instituciones que canalizan la vida de la sociedad, los pueblos que se independizan, todo aquello, en suma, que marca el desarrollo histórico de la humanidad. En los acontecimientos, por insignificantes que parezcan, está de algún modo implicado el porvenir de todos los hombres.
Ahí precisamente, en los acontecimientos, está Dios presente, revelándose, cuestionando nuestra vida y nuestras conciencias. Pero es preciso descubrir su presencia. Es necesario descifrar el lenguaje de los acontecimientos. Sin embargo, sólo los creyentes, sólo desde la fe, sólo quienes reconocen a Jesús como señor de la historia, pueden descubrirlo en la entraña del mundo. «Para un cristiano que conoce ya el plan de Dios, que percibe la unidad de su obra creadora y redentora, lo mismo que la coherencia profunda de la naturaleza y de la gracia, todo crecimiento humano será visto como un signo activo de la voluntad de Dios que no suscita el proceso ascendente de la humanidad si no es en vistas a Jesucristo» (P. Bony ).
Esta última anotación es muy importante. Sólo el hombre de fe está en condiciones de descifrar los signos de los tiempos. Sólo quien conoce el plan de Dios culminado en Cristo, sólo quien ha profundizado su conocimiento de Jesús mediante un contacto sereno con las Escrituras y a través de la fe, sólo éste será capaz de detectar la acción de Dios en la entraña del desarrollo histórico. Dios se revela en los acontecimientos y Dios se revela en la Escritura. Pero no son dos revelaciones paralelas e independientes. Sólo descubre la presencia de Dios en los acontecimientos humanos quien le ha descubierto antes, por la fe, en la Escritura.
Toda esta reflexión podría permitirnos ahora dar una respuesta a un problema práctico que se suscita con frecuencia en el campo de la pastoral. ¿Por qué leer sólo la Escritura en las celebraciones litúrgicas?  ¿Por qué no leer otro tipo de escritos no bíblicos? Algunos, incluso,  sugieren la posibilidad de leer en la asamblea las noticias de prensa. A estas sugerencias yo respondería, en primer lugar, diciendo que la Iglesia, desde antiguo, ha utilizado lecturas no bíblicas en el oficio nocturno. Es ya un precedente. Pero hay más todavía. Si es cierto que Dios se revela en la vida y en los acontecimientos, no veo razón alguna para impedir la posibilidad de leer todo aquello que es exponente de la vida. Pero con una condición. Esto es, a condición de que esta lectura no sustituya la lectura de la Biblia. Ha de ser precisamente la Escritura, como vengo señalando, el criterio mediador que nos permita establecer una interpretación cristiana de la vida y de los acontecimientos. Sólo a la luz del plan de Dios, revelado en Jesús, es posible descubrir la presencia divina en el acontecer del mundo.

 

 

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