El canto de entrada

 Todas las celebraciones comienzan con un canto inicial que, a veces, se llama canto de entrada. En todo caso, es aconsejable que en los momentos que preceden a la celebración se cree un clima de silencio sereno, de recogimiento y de paz. Algunas iglesias ya lo hacen. Para ello basta con hacer sonar una buena música de órgano en directo o a través de la megafonía.  El resultado es óptimo.

La celebración comienza pues con el canto de entrada. Este canto debe enmarcar el sentido espiritual y el perfil de la celebración; cada fiesta tiene el suyo. Además,  debe ser cantado por toda la asamblea; en ningún caso su interpretación debe ser monopolizada por un grupo de expertos. Es un canto de toda la asamblea, a través del cual la comunidad reunida toma conciencia de ser signo y actualización histórica de la Iglesia de Jesús. Nadie debe apropiarse de este canto, usurpando una función que corresponde a toda la asamblea. Ni siquiera esos sacerdotes que, con mucha devoción quizás pero de forma totalmente desafortunada, leen ante la asamblea de forma solemne un texto que en los misales lleva el nombre de «Antífona de entrada». Ese fragmento, convenientemente musicalizado, correspondería al canto de entrada. A mi juicio ese breve fragmento o se canta o, si no,  se omite.

Me parece oportuno advertir, por otra parte, que la base musical del canto de entrada debe ser fácilmente cantable por una gran masa de gente, de corte solemne y pausado, sin aderezos sincopados o ritmos excesivamente vivos. No es lo mismo idear un canto para una gran asamblea que para un grupito de jóvenes. No hace falta, además, como se empeñan en algunos grupos, que los cantos sean el último grito, los que han aparecido en la última hornada. Lo importante es que conecten con la fiesta que se va a celebrar y que puedan ser cantados por todos; es decir, que la comunidad de fieles los conozca y pueda cantarlos fácilmente.

Otra observación relativa a la interpretación. Lo habitual es que los cantos estén compuestos de un estribillo, que se repite, y de unas estrofas. En estos casos la asamblea canta el estribillo y un pequeño grupo de cantores interpreta las estrofas. Esa alternancia entre la asamblea y el pequeño grupo confiere al conjunto una interesante dinámica. No es aconsejable, en cambio, que todos canten todo. En ese caso el resultado es chato y sin relieve.  A no ser que se trate de una composición hímnica, como es el caso de los “corales”,  en los que toda la asamblea canta todas las estrofas; con todo, también puede idearse una alternancia en la que se suceden dos coros o, como se hace en algunas iglesias, las mujeres cantan las estrofas alternando con los varones.

El canto de entrada debe situar la celebración   en el marco de una determinada fiesta o en clima espiritual de un determinado ciclo litúrgico. Este canto da el tono y nos pone en situación. Es su función. En otros tiempos existían determinados cantos que nos permitían conectar con un determinado tiempo litúrgico: el «Rorate, coeli» con el adviento; o el «Adeste, fideles» con navidad; o el «Attende, Domine» con la cuaresma; o el «Regina coeli, laetare», con el tiempo pascual. Ahora no. Ahora en cualquier tiempo se canta cualquier cosa. Ahora no existen cantos que nos remitan a un determinado tiempo litúrgico o a una determinada fiesta. Es el precio que estamos pagando por  la reforma litúrgica; nos hemos liberado del “corsé”, pero hemos perdido las buenas costumbres.

Termino. Este canto, junto con el del ofertorio y el de la comunión en la misa, son llamados cantos «procesionales». Teóricamente, al menos en principio, tienen un carácter funcional. Sirven para acompañar una procesión, un desplazamiento. O la procesión de entrada, o la del ofertorio, o la de la comunión. Son cantos que, en principio, no tienen razón de ser en sí mismos. Tienen un carácter funcional, mediático, ambientador. En el caso del canto de entrada, más que la de ambientar una procesión, su función es la de crear un clima festivo y espiritual en el momento de iniciarse una celebración. Ese canto debe llenar de emoción espiritual y de sentimiento interior a la comunidad congregada; debe hacer que los fieles tomen conciencia de que la liturgia no la hacen solos, cada uno por su cuenta, sino en comunidad, como miembros del pueblo de Dios.

 

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