Canto de meditación

 Este es el canto más importante de la celebración de la palabra. Porque los otros cantos, como el de entrada o los de ofertorio y comunión, tienen carácter funcional, es decir, no se valoran en sí mismos, sino por acompañar y ambientar una acción concreta. Por eso suelen llamarse “cantos procesionales”. En esos casos lo importante no es el canto, sino la acción (la procesión de entrada, o la del ofertorio, o la de la comunión); el canto va de acompañante.

No pasa lo mismo con el canto de meditación, llamado también “interleccional” o “salmo responsorial”. Cuando se canta, la comunidad no hace otra cosa; él concentra todo el interés, toda la atención de la asamblea. Es el canto que sigue a la primera lectura en las misas. Habitualmente se trata de un fragmento de salmo, y ofrece alguna relación con la lectura que acaba de proclamarse. Podríamos decir que la continúa o desarrolla algún aspecto de la misma. En ese sentido es muy significativa la costumbre de Agustín, el santo obispo de Hipona, de comentar a veces en su homilía, no precisamente el texto del evangelio o de alguna lectura, sino el texto del salmo responsorial. Por todo ello, podríamos decir que el éste es una especie de continuación  cantada y meditada de la lectura.

Lo importante es la manera de interpretar este canto. Debe ser una interpretación serena, sin estruendo, cargada de recogimiento contemplativo. La asamblea está sentada. El cantor va desgranando desde el ambón las estrofas del salmo lentamente, como saboreando las palabras. La asamblea repite el estribillo a cada una de las estrofas; en él se condensa la quinta esencia del contenido del salmo. Todo esto hay que hacerlo sin prisas, dando tiempo al tiempo, sin mirar el reloj. Hay que dejar que la palabra penetre en nuestras entrañas, que nos inunde, que golpee nuestro corazón.

A veces no se cuenta con un cantor que interprete las estrofas. Entonces le sustituye un lector que las va leyendo lentamente. La asamblea puede responder a cada estrofa cantando el estribillo. Esta solución no debe ofrecer dificultades especiales. Otras veces, si no se canta nada, puede escucharse serenamente el sonido del órgano o el de cualquier otro instrumento adecuado. Lo importante es que se cree un espacio de silencio y de recogimiento.

La última solución es la más simple. Si no hay cantor alguno, ni se puede hacer sonar instrumento musical alguno, y si la asamblea no está en  condiciones de cantar, lo mejor es abrir un espacio de silencio y de meditación. Sin más. Tengo la impresión de que a nuestras celebraciones, tan bulliciosas a veces y movidas, no les vendrían mal momentos de silencio y de calma. Eso contribuiría a dotarlas de una religiosidad más serena.

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