Los cantos fijos del Ordinario

Ahora ya no distinguimos las misas “cantadas” de las misas “rezadas”. Antiguamente, antes de la reforma litúrgica del Vaticano II, o se cantaba todo o no se cantaba nada. Cuando digo “todo” me refiero a los cantos fijos del Ordinario de la misa (Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus y Agnus Dei) y a las piezas propias de cada misa (Introitus, Graduale, Alleluia, Offertorium, Communio). Hay que hacer una excepción: en las misas llamadas desafortunadamente “de comunión” podían introducirse cantos piadosos populares, sin carácter oficial y sin relación especial con la liturgia del día, para cantarlos en cualquier momento de la misa.

Actualmente la situación es mucho más flexible y se han abierto mayores posibilidades. Ya no hay misas “cantadas” y “rezadas”. En todas las misas se puede y es aconsejable cantar algo. La selección de los cantos a interpretar por la asamblea y la determinación de los diferentes momentos para hacerlo hay que fijarla teniendo en cuenta el tipo de asamblea y el nivel de solemnidad que se desea dar a la celebración.

Hoy  voy a fijarme en los cantos fijos del Ordinario. Voy a comenzar con el Kyrie eleison. Es una invocación de tipo litánico. Sorprendentemente, en la misa preconciliar, esta invocación se repetía nueve veces, sin constituir una respuesta a una determinada petición de perdón, como es preceptivo en las oraciones litánicas. Ahora no; lo indicado es incorporar plegarias de perdón, proclamadas por un cantor, a las que toda la asamblea responde con el Kyrie eleison o con el “Señor, ten piedad”. Este canto se incorpora, en principio, a lo que hoy se suele llamar “Acto penitencial”. En algunos tiempos fuertes, como en Adviento y Cuaresma, este conjunto de aclamaciones y plegarias debería revestir un relieve especial.

El Gloria in excelsis Deo. Es una composición hímnica antiquísima, dotada de tradición y de solera, de origen oriental. El texto original lo encontramos en griego. Es seguramente una de las piezas más antiguas de la misa. Su origen habría que remontarlo, por lo menos, a los siglos IV y V. No vamos a entrar en una valoración del contenido del texto, que es de una densidad teológica incuestionable. Sólo deseo animar a los responsables de las celebraciones a que no menosprecien este canto, a que le presten la atención que merece. Es una de esas piezas que están hechas para ser cantadas; sólo entonces adquieren toda su calidad lírica y fuerza expresiva. Tanto en este caso como en el anterior, las instancias superiores de la pastoral litúrgica española deberían dotar los cantorales de una oferta más abundante.

El Sanctus. La incorporación del Sanctus a la plegaria eucarística resulta algo tardía.  De hecho no aparece en la famosa anáfora contenida en la “Tradición Apostólica” de Hipólito de Roma,  datada en el siglo III. Con todo, su presencia en la plegaria eucarística está atestiguada por toda la gran tradición. Mi apuesta va encaminada a sugerir una mayor potenciación de este canto, cuajado de raíces y resonancias bíblicas. Es la forma de hacer participar a la asamblea en el desarrollo de la “Acción de gracias”, dotándola de un tono más solemne y festivo. Junto con la aclamación que sigue a las palabras del relato de la última cena; junto también con  las respuestas al diálogo inicial y con el “Amen” con que culmina la doxología final, el Sanctus contribuye a que la anáfora no se quede en un soliloquio monótono y aburrido del celebrante, sino que exprese el ánimo y los sentimientos de todo la asamblea.

El Agnus Dei. Esta pieza se ha convertido en un canto funcional, concebido para acompañar el gesto simbólico de la fracción del pan. La última invocación (“danos la paz”) haría una referencia clara al gesto del saludo de paz que los fieles se intercambian en ese momento. No vería yo ningún inconveniente en que este canto, con referencia a la paz o a la fracción, fuera sustituido por otro de contenido análogo. Esta opción daría una mayor variedad al conjunto de la celebración.

No he hecho ninguna referencia al Credo. Es una composición que puede ofrecer modalidades diferentes, como la forma dialogal utilizada en la liturgia bautismal, y que en principio, dado el carácter declaratorio que le caracteriza,  no exigiría  necesariamente una expresión musicalizada.

Para terminar debo decir que no es necesario cantar todo en todas las celebraciones. Hay que poner en juego un obligado sentido del discernimiento y de la mesura; no todas las celebraciones revisten el mismo nivel de solemnidad, ni todas las asambleas reúnen las mismas disposiciones, ni el exigido número de participantes, ni el mismo talante celebrativo. Los responsables deben analizar el tipo de asamblea que se va a reunir y el tipo de celebración que se desea organizar; en función de esos criterios habrá que seleccionar los cantos que van a ejecutarse y los momentos en que se interpretarán.

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