Los cantos procesionales de la misa

 Lo de “procesionales” es un arcaicismo. Porque ahora la práctica procesional tanto para comenzar la celebración como para el ofertorio, ha quedado sumamente restringida. Casi no se hace.Pero el nombre nos sirve para referirnos a esos cantos, de carácter funcional, que no tienen valor en sí mismos sino por la acción que acompañan e intentan ambientar. Me refiero al canto de entrada, al del ofertorio y al de la comunión.

De los tres yo prestaría una atención especial al canto de entrada. Ya me referí a él en un escrito anterior. A lo que dije entonces quiero añadir ahora que éste, más que un canto procesional, es como el pórtico de la celebración, el que marca el comienzo y la inaugura. Es el que define el tono de la celebración y pone a la asamblea en actitud celebrativa. En ese momento, la asamblea toma conciencia de ser la comunidad del pueblo de Dios reunida para celebrar y hacer fiesta.

Los responsables y animadores de la liturgia, cuando se reúnen para preparar las celebraciones, buscan a toda costa cantos cuyos textos conecten directamente con el tema del ofertorio o con el de la comunión. No es necesario. Ésa es mi opinión, que en ningún caso pretende sentar cátedra. Cuando uno toma nota de los cantos tradicionales, los que se contienen en los viejos “antifonarios” y pasaron a nuestros libros de liturgia, casi nunca tienen relación ni con el ofertorio ni con la comunión. Tienen sí relación con la fiesta que se celebra o con el ciclo litúrgico al que pertenece. A mi juicio, habría que utilizar de manera más asidua los textos del salterio.  La Iglesia ha recurrido a los salmos con mucha frecuencia y los ha utilizado como textos de oración y de canto. Los actuales responsables de la música litúrgica deberían tomar buena nota.

Voy a mencionar una doble alternativa, referida sobre todo al canto de ofertorio. En algunas ocasiones, cuando la asamblea no está en condiciones de cantar o por otros motivos, puede recurrirse al uso del órgano, a fin de crear un clima de oración adecuado en el momento de presentar los dones sobre el altar. Otras veces, esta función puede asumirla la intervención de un orfeón o de un coro de expertos. En todo caso la ejecución del canto deberá estar siempre en función del desarrollo de la celebración; ésta nunca debería quedar interrumpida a la espera del final del canto. Sobre todo, nunca deberá convertirse la celebración en una especie de concierto, en el que el coro actúa para lucirse y la asamblea asiste como espectadora  muda y resignada.

En el momento de la comunión se ha ido imponiendo la práctica de utilizar cantos específicamente eucarísticos. La oferta es muy variada y la selección de cantos no ofrece dificultad alguna. También en este caso, para facilitar el acceso tranquilo de los fieles a la comunión, cabe la posibilidad de establecer un silencio religioso y de recogimiento mientras los fieles comulgan, y reservar el canto para el final de la comunión, cuando los fieles ya han comulgado y están en su sitio. El silencio, al que me acabo de referir, podría ser sustituido por un uso adecuado del órgano o de algún otro instrumento. En estos casos, la fantasía creadora y el manejo de criterios adecuados, pueden dar paso a soluciones viables y satisfactorias.

Deseo terminar apostando por un uso más frecuente de textos bíblicos. Yo he sido testigo del paso de unos cánticos religiosos, ñoños y dulzarrones, carentes de inspiración bíblica (“Las palomitas vuelan”, o “Vamos niños al sagrario”, o aquel “Jesús amoroso, el más fino amante”), a una nueva hornada de cantos modernos que, a mi juicio, están cayendo en las mismas carencias: “Tú has venido  la orilla”, o “Cristo te necesita para amar”, o “Tú, Señor, me llamas”. Son cantos de tono individualista, con motivaciones de tipo ético, pero alejados casi siempre del talante religioso y espiritual del repertorio tradicional. La vieja producción musical de Lucien Deiss y del Padre Gelineau, seguida en España por compositores como Manzano o Palazón, ha pasado lamentablemente a la historia.

Aunque mi opinión sea discutible, sigo pensando en la belleza y calidad de los “corales” de origen alemán. En el cantoral oficial español tenemos algunos ejemplares, escasamente utilizados, lo reconozco.  Soy consciente de la fragilidad de sus letras y del perfil espiritualoide que las caracteriza. Sería cuestión de revisar y de recrear adecuadamente esos textos. La estructura musical de esos cantos se presta magníficamente para ser  interpretados por una gran asamblea. Quienes han estado en Alemania y han participado en sus celebraciones litúrgicas, son testigos de la belleza de sus cantos y de la intensa participación de los fieles en los mismos. Pero nosotros vivimos en otro mundo.

 

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