La mesa de la palabra y la mesa de la eucaristía

 

Ha sido a raíz de los documentos conciliares, sobre todo,  cuando se ha hablado de las dos mesas con una cierta frecuencia.  Este era un tema prácticamente desconocido antes del acontecimiento conciliar.

La Constitución de liturgia  introduce el tema de manera un tanto sigilosa, sin desarrollarlo, en el número 51.  En ese texto sólo se hace mención de la “mesa de la Palabra de Dios”. En la Constitución sobre la divina revelación la referencia es más explícita: “La Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras como el cuerpo mismo del Señor, ya que, sobre todo en la Sagrada Liturgia, no deja de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del cuerpo de Cristo” (n. 21). Habrá que esperar a la Ordenación General del Misal Romano de 1969 para encontrar una declaración definitiva: “En la misa se dispone de la mesa, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo”.

Hay que decir, en todo caso, que este apunte sugerido por el Concilio debe relacionarse con las palabras de Jesús en el discurso del pan de vida, recogido por Juan en el capítulo sexto de su evangelio. Cuando Jesús dice, de forma solemne, “Yo soy el pan de la vida”, nos anuncia que él es  el pan verdadero,  como palabra de Dios (Jn 6, 35-40) y como entrega generosa, a través de su cuerpo y de su sangre, para la vida del mundo  (Jn 6, 51-58). Porque la Palabra eterna se hizo hombre, encarnado en la historia y solidario con nuestra suerte; por eso mismo, como dice el texto citado de la Dei Verbum, la Iglesia venera las Escrituras “como el cuerpo mismo del Señor”. Porque la palabra, el Logos del Padre, se ha manifestado y se ha hecho presente en  el cuerpo, en la humanidad de Jesús. Desde esta teología debemos entender la relación analógica y la simetría entre la mensa Verbi y la mensa sacramenti.                  

Esta reflexión me da pie a que proponga un par de consideraciones de carácter práctico. Por una parte, nos invita a mantener una visión coordinada y unitaria de la misa, de la celebración eucarística. Todos sabemos que la misa se nos presenta estructurada en dos grandes momentos: la celebración de la palabra, polarizada en torno a la cátedra y al ambón,  y la celebración del banquete, polarizada en torno al  altar. Ambos momentos corresponderían a la mesa de la palabra y a la mesa del banquete eucarístico. Sin embargo, la polarización de ambos momentos en el concepto de “mesa”, nos obliga a aglutinar la totalidad de la celebración y a entenderla en su conjunto como una mesa, como un gran banquete. En esa mesa nos alimentamos de la palabra de Dios y celebramos el banquete de la sabiduría (Prov 9, 1-5);  y además               , nos alimentamos del pan de la vida, el pan que baja del cielo,             el cuerpo entregado del Señor para la vida del mundo. Por ese motivo, los liturgistas comentamos que, para hacer patente la unidad de toda la celebración, el sacerdote cuando accede al presbiterio, antes de ocupar la sede, se acerca al altar y lo besa. La mesa eucarística aglutina, desde el principio, la unidad de toda la celebración.

Hay que resaltar, sobre todo, la imagen de la mesa, del banquete, de la presencia del alimento y de los comensales, de la abundancia y de la hartura. El don de Dios, que nos alimenta y nos sacia, se nos presenta aquí como palabra que alimenta, por aquello de que “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4); y como pan celeste, presencia viva del cuerpo del Señor, entregado y roto. El simbolismo del pan y del vino, ciertamente, y el del banquete, son harto elocuentes y nos conducen a una interpretación de la eucaristía como comida que nos sacia, como viático celeste que nos da fuerza y robustece en nuestro peregrinar hacia la casa del Padre, como encuentro personal profundo con el Jesús de la pascua a través de su cuerpo y de su sangre presentes en el pan y en el vino.

Esta reflexión me obliga a reformular mi pensamiento referente a la realidad del banquete eucarístico. Siempre he comentado que el banquete, como elemento simbólico aglutinante de la totalidad del sacramento eucarístico, hace presente nuestro encuentro con el Señor. A través de esa comida nos incorporamos al misterio pascual de Cristo; nos integramos en ese proceso pascual de regeneración, iniciado en Cristo, que es la primicia. Esa vivencia de la pascua en comunión con Cristo nos permite vivir en la esperanza y ansiar con todas nuestras fuerzas nuestro encuentro definitivo con el Señor. Por eso podemos hacer nuestro el canto del apocalipsis,  el Marana tha de los elegidos, que aguardan expectantes la venida del Señor.

La reflexión de hoy nos abre una nueva luz. Ese encuentro sacramental con Cristo en la eucaristía acaece en nuestras vidas a través de la comida; a través de ese pan y ese vino, que compartimos, convertidos para nosotros en el cuerpo  y en la sangre del Señor.  Es toda la vida de Cristo, entregada y rota, la que se nos hace accesible y cercana, intima y profunda, cuando compartimos su cuerpo y su sangre. Ese es nuestro alimento, fuente de vida y energía; ese es el símbolo total de la abundancia y de la hartura, con que el Señor colma el hambre de su pueblo; ese es el nuevo maná, que nos alienta en el camino. No podemos entender con plenitud nuestra incorporación al Cristo de la pascua si no es a través de la comunión sacramental  del pan y del vino; a través del gran banquete escatológico, de la generosidad y la abundancia,  de su cuerpo y de su sangre.

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