La anáfora y sus líneas de fuerza

 Prefiero usar la palabra «anáfora», expresión de solera y con hondas raíces  en la tradición litúrgica oriental, para referirme a la plegaria eucarística. Los romanos usaron la palabra «canon», o canon actionis, de escasa resonancia teológica y de dudosa interpretación. La palabra «anáfora» proviene del verbo griego «anaferein» que, en su sentido más original, hacía referencia a la acción de ofrecer, pero, al final, acabó usándose para designar la oración que se pronuncia sobre los dones ofrecidos para bendecirlos y santificarlos. En este sentido se usa por los liturgistas y teólogos.

Una vez dispuesta la mesa y depositados los dones sobre la misma, el sacerdote que preside la celebración pronuncia la anáfora o acción de gracias sobre los dones de pan y de vino dispuestos sobre el altar. En este momento la comunidad de participantes nos adentramos en la entraña del misterio. En todas las tradiciones, de forma unánime, después del diálogo inicial invitando a la acción de gracias, el presbítero, el orante, entona con toda la energía de su fe un canto de alabanza y de acción de gracias. Es el nervio medular de toda la plegaria: una alabanza gozosa y exultante dirigida al Padre, dándole gracias por su grandeza y bondad, por sus obras magníficas, por su intervención en la historia humana y por su acercamiento a los hombres.

En esta explosión doxológica de alabanza y de acción de gracias el sacerdote expresa el reconocimiento agradecido y desbordante de la comunidad ante un Dios que es Padre e irrumpe amorosamente en la vida de los hombres para liberarlos y salvarlos. De ahí la importancia que reviste  en esta plegaria la proclamación de las acciones de Dios en el mundo, las magnalia Dei. Esta proclamación profética de las acciones de Dios culmina en Cristo, en la gran intervención del Padre, en la plenitud de los tiempos, a través de su Hijo Jesús. Esta evocación, rota por el canto del Sanctus, se prolonga hasta el mismo relato de la última cena, especialmente en las tradiciones de origen siriaco. De este modo, la evocación del relato, interpretado como una narración, se encuadra dentro del conjunto de intervenciones amorosas del Padre a través de Jesús. Todo ello, que se mueve entre la proclamación, la profecía, el anuncio y la praedicatio, constituye el motivo impulsor de la gran explosión doxológica de alabanza y acción de gracias.

Llegados a este punto debo hacer una breve alusión a las tradiciones romana y alejandrina que introducen, antes de la narración de la última cena, una plegaria de «epíclesis», dirigida al Padre  para que envíe su Espíritu sobre los dones y los consagre. De este modo queda interrumpida la larga evocación de las mirabilia Dei y la narración de los gestos y palabras de Jesús en la última cena queda descolgada de la proclamación profética de las acciones de Dios en la historia. De este modo las palabras del relato dejan de ser una narración para convertirse en palabras de consagración.

Todas las tradiciones colocan la anamnesis inmediatamente después de las palabras del relato, como respuesta al mandato de Jesús de repetir la cena en su memoria. En ese momento todas las anáforas hacen memoria del acontecimiento pascual de Cristo, de su muerte, resurrección, ascensión a los cielos y glorificación a la derecha del Padre. Incluso hay textos de anáfora que incluyen aquí un memorial de su última venida. Lo cual nos permite deducir que ésta no es una memoria sicológica, recordatorio de eventos pasados, sino una proclamación vigorosa de la plenitud del misterio pascual de Cristo, que arranca de su pascua personal, como evento germinal, para concluir al final de los tiempos, en la pascua definitiva y total, cuando él sea todo en todas las cosas.

Casi todas las anáforas introducen en este momento una serie de plegarias y súplicas por la Iglesia, la  jerarquía, los vivos y los difuntos. Pero yo quiero referirme a una plegaria de «epíclesis» que todas las anáforas pertenecientes a la tradición siriaca introducen en este momento, suscitando el escándalo y los correspondientes reproches por parte de la ortodoxia romana. Pero no vamos a entrar ahora en el análisis de este tema. Lo veremos en otro momento. En cambio, sí quiero dejar constancia de la importancia que tiene la presencia de la «epíclesis» en este momento, atribuyendo a la libre voluntad del Padre y a la acción del Espíritu Santo el misterio de la consagración de los dones. Esta «epíclesis», diseñada de este modo, desactiva cualquier sospecha de magia o automatismo sacramental, adulterando el sentido de las palabras del sacerdote, para acentuar la importancia de la intervención del Padre  por el Espíritu Santo. A la postre, lo que debemos decir es que la fuerza sacerdotal y consacratoria debemos atribuirla, no a un momento o a unas palabras determinadas, sino al conjunto de la plegaria eucarística. Las palabras del relato son palabras de consagración en la medida en que forman parte de este conjunto oracional y doxológico.

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