Anáfora y anuncio profético

 Estoy persuadido de que en la anáfora se activa poderosamente el espíritu profético del orante. Los relatos de la cena nos dicen, unos [Mateo y Marcos] que Jesús pronunció una “bendición”, una «eulogia» sobre el pan  y el vino; otros [Lucas y Pablo], en cambio, refiriéndose a las mismas palabras de Jesús, nos dicen que pronunció una “acción de gracias”, una «eucharistía». Con ambas expresiones, en el fondo sinónimas, se hace referencia a un mismo tipo de plegaria.

Tanto la «eulogia» como la «eucharistía» se presentan como una vigorosa explosión de júbilo, como una gran doxología cargada de fe y de entusiasmo, como un canto de alabanza, revestido de lirismo y poesía, dirigido al Padre. Yo sé que alguien pensará que yo estoy delirando; porque, en la realidad, el sonsonete monótono y aburrido que caracteriza a nuestros rezos y plegarias en la mayoría de nuestras iglesias no tiene nada que ver con el tono altamente sublime  con que yo he pretendido pintar esta plegaria.

Sin embargo, yo quiero defender, aunque sea tercamente, mi planteamiento. Dejando aparte la forma concreta con que cada sacerdote pronuncia esta plegaria, yo debo insistir en el talante festivo y jubiloso que define, da sentido y colorido a la anáfora. Este derroche de euforia doxológica va acompañado de una proclamación entusiasta de la grandeza, de la bondad, de la sabiduría y del amor desbordante de Dios; de una evocación agradecida de sus maravilosas intervenciones en la historia (las mirabilia Dei), de su obra creadora, de su alianza con los hombres y, sobre todo, de la poderosa irrupción de Dios en la historia nacional de Israel para liberarlo de la esclavitud, consolidar con él un pacto de amistad, y conducirlo a una tierra de paz, de libertad y de bienestar.

El orante, bajo el impulso del Espíritu, proyecta su mirada profética sobre esos grandes eventos; los detecta, los interpreta y los proclama con toda su fuerza ante la asamblea. Porque sólo desde esa evocación de las acciones maravillosas y liberadoras de Dios, la asamblea podrá estar en condiciones de unirse al canto de alabanza y acción de gracias del orante.

Ese anuncio de las intervenciones divinas culmina al proclamar la manifestación  definitiva y total del Padre, en la plenitud de los tiempos, a través de su Hijo Jesús. El es la expresión concreta e histórica de la presencia de Dios en el mundo; él descubre el rostro amoroso del Padre; al entregar su vida en la cruz, él manifiesta, de manera definitiva y total, de una vez para siempre, el amor infinito del Padre a la humanidad rota y dispersa; él, Jesús, ha proyectado hacer de nosotros, de todos los hombres, un pueblo santo y reconciliador, una comunidad de hermanos, fundamentada en el amor, en la paz y en la justicia.

La visión profética del orante descubre, además, la presencia de Dios en los eventos de la historia. Con la luz del Espíritu él los descifra e interpreta, él lee los signos de los tiempos y proclama la trama divina de los acontecimientos. Esa lectura profética de la historia, articulada desde la fe y la comunicación con Dios, termina convirtiéndose en un auténtico acontecimiento epifánico.

No hace falta que el  orante cree por su cuenta los textos de oración. Puede hacerlo si las circunstancias lo exigen, pero sólo en forma de adiciones breves complementarias. Es lo que los liturgistas denominan, con una palabra estrafalaria, «embolismos». Yo tengo la seguridad de que los libros oficiales nos ofrecen magníficos textos de oración, capaces de vehicular la sensibilidad profética del orante, su visión de la presencia misteriosa de Dios en la vida de los hombres, su aguda sensibilidad para percibir el reflejo e Dios en la naturaleza. Para ello hace falta que el sacerdote orante proclame su plegaria de acción de gracias desde una vivencia profunda de la fe,  desde una permanente comunicación con Dios, desde una lectura asidua de la Palabra, desde una toma de conciencia entusiasta y vigorosa de su ministerio al servicio de la comunidad orante.

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