Relato de la cena y consagración

 

Hay una anáfora muy antigua y venerable, datada probablemente en el siglo III, perteneciente a la tradición siro-oriental, que no contiene relato de la institución. Es la anáfora de los apóstoles Addai y Mari, evangelizadores de la iglesia de Mesopotamia. Los investigadores no acaban de ponerse de acuerdo para explicar este hecho. Algunos opinan que esta plegaria, en su redacción original, contenía el relato de la cena. Es evidente que la ausencia del relato, de confirmarse, plantearía serios problemas a la ortodoxia católica.

Hay, sin embargo, un dato, confirmado ampliamente por la tradición, según el cual el relato formaría parte, en los primeros tiempos, del conjunto de intervenciones divinas, proclamadas proféticamente por el orante, como motivo impulsor del canto de bendición y de acción de gracias de la asamblea. Habría que contar entre ellas la anáfora de Hipólito de Roma (siglo III), cuya evocación, eminentemente cristológica, no queda interrumpida por el Sanctus del que carece la anáfora de Hipólito. En este caso el relato sería el último eslabón de ese conjunto de intervenciones divinas. Esa evocación, que tiene carácter de narración exultante, conferiría al relato un indiscutible carácter narrativo. Este comportamiento ha sido habitual en las anáforas de la tradición siriaca, cuya proclamación de la historia salutis se reanuda después del Sanctus y se prolonga sin interrupción alguna hasta el relato.

Los primeros intentos por enfatizar y subrayar la importancia del relato aparecen, sobre todo, en algunas anáforas de la tradición copta. El texto se hace más solemne y hierático, los gestos se adornan con adjetivos sofisticados y grandilocuentes y, para dotar de mayor ampulosidad ese momento, se incorporan insistentes aclamaciones de la asamblea. De este modo se rompe el hilo conductor que unía el relato con la proclamación de la historia salutis. Poco a poco el relato va perdiendo su condición narrativa.

Hay que esperar a finales del primer milenio para descubrir un aire nuevo y una sensibilidad nueva en la forma de entender y de interpretar el relato. Éste pierde su carácter narrativo para convertirse en un ritual imitador de los gestos y palabras de Jesús. La reflexión teológica medieval señala con toda contundencia, a este propósito, que el sacerdote celebrante actúa in persona Christi. En el momento de narrar el acontecimiento de la cena el sacerdote actúa representando a Cristo y haciendo suyos los gestos y palabras del Señor. Por eso imita y reproduce esos gestos (tomó el pan, elevó los ojos al cielo, lo bendijo, lo partió, tomó el cáliz, lo bendijo, etc.) junto con las palabras de Jesús (“tomad y comed, esto es mi cuerpo”; “tomad y bebed, este es el cáliz de mi sangre”). En ese momento, no es el sacerdote el que actúa; es Cristo mismo.

Al hacer este comentario no pretendo en absoluto cuestionar la función del sacerdote el cual en la celebración de la eucaristía actúa, sin duda, in persona Christi. El asegura, garantiza y hace visible la presencia del Señor en medio de la asamblea. No vería yo tan clara, sin embargo, a la luz de este principio teológico indiscutible, la justeza de derivar hacia una interpretación mimetizadora del relato de la última cena.

Pero el proceso no termina aquí. La controversia teológica de Berengario en torno a la presencia real del Señor en el pan y en el vino, acarreará sin duda nuevas consecuencias y resonancias prácticas en la celebración. Como respuesta a la crisis teológica, una fuerte reacción popular reactivará vigorosamente la devoción a la presencia real. De ahí surgirá la costumbre de elevar la hostia después de la consagración, el deseo de ver la hostia consagrada, el tañido de las campanas en el momento del alzar y toda una serie de reverencias y genuflexiones del sacerdote reservadas para ese momento.

Nunca se preocupó la Iglesia de los primeros siglos por señalar el momento concreto y las palabras concretas en que se verifica la consagración de los dones. Más bien el interés se centraba en el conjunto de la anáfora, en torno a la cual giraba todo el interés y toda la atención de la asamblea. Los medievales, en cambio, fijaron minuciosamente ese momento, señalaron con toda escrupulosidad las palabras justas y los gestos precisos que el sacerdote debía ejecutar para llevar a cabo la consagración. Para eso la teología de la escuela había fijado ya los conceptos hilemórficos de materia y forma, dejando así debidamente ajustados los conceptos, sin permitir el más mínimo resquicio de escapatoria. La casuística posterior se encargará  de apuntalar aún más la normativa ritual, saliendo al paso a los casos más inverosímiles y extravagantes, y llegando a exquisiteces y minucias que a veces se mueven entre lo sublime y lo ridículo.

En líneas muy generales éste ha sido el itinerario recorrido. Así hemos pasado de una narración gozosa de los hechos y palabras de Jesús en la cena a una interpretación teatral y dramatizante de los gestos de Jesús en la última cena. Así es como el relato ha dejado de ser una narración exultante y agradecida para llegar a ser consagración. Desde que los tipógrafos utilizaron letras de ciego para maquetar el texto del relato en los misales, éste dejó de ser narración para convertirse en consagración.

A todo lo que he comentado aquí habría que añadir, para no inquietar a nadie,  una explicación intentando aclarar en qué sentido las palabras del relato son también palabras de consagración. Pero eso lo dejamos para otro

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