Los relatos de la última cena y la anamnesis

 

Cuando al designar las cosas confundimos los nombres, creamos un verdadero laberinto, una gran confusión. Si a la casa la llamamos piedra y al caballo árbol, abandonando así  el acuerdo tácito convencional de los parlantes,  entonces no encontramos forma de entendernos. Porque hacemos un uso equivocado y equívoco  de las palabras.

Algo así está ocurriendo con una serie de vocablos y expresiones pertenecientes al discurso bíblico, teológico o litúrgico. En todas las monografías de carácter bíblico o litúrgico, cuando se refieren a las narraciones que describen lo que hizo Jesús en la última cena, las llaman relatos de la institución o, simplemente, relatos de la cena. Sólo desde una teología más puritana y conservadora llaman a esta narración “palabras de la consagración”. Nunca, ni unos ni otros, designan con la palabra “memorial” a este relato. 

El memorial o anamnesis es otra cosa. De forma estricta, llamamos memorial al fragmento de oración que sigue a las palabras del relato y que intenta dar respuesta al mandato de Jesús “haced esto en memoria mía”. El fragmento que sigue a estas palabras es la “memoria” del Señor, de su muerte y resurrección, de su vida entregada y glorificada en la pascua. Las formas de esta memoria y la amplitud de la misma varía notablemente según el perfil y el talante de las diferentes anáforas o plegarias eucarísticas.

Existe otra forma de memoria más amplia, de carácter más general. Todo el conjunto del banquete eucarístico es una memoria, un memorial, una anámnesis. Al decir Jesús “haced esto en mi memoria”, ese “esto” es precisamente el conjuntó de gestos y palabras que constituyen el banquete: la acción de gracias, el gesto de partir el pan, el comer, el beber, todo ello es memorial. Quiero decir pues que todo el conjunto del banquete es memorial de la muerte y resurrección del Señor. La anamnesis no debe  reducirse sólo a un conjunto de palabras.

Recientemente he leído algún escrito  en el que llaman “memorial” a los relatos de la última cena. Es un error. Es un uso arbitrario de la palabra “memoria”. Lo más grave es la confusión que se crea al no designar correctamente las cosas.

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