¿Hay palabras mágicas en la eucaristía?

 No faltan quienes denuncian el carácter mágico de las palabras de la consagración y, sin renunciar a la caricatura, representan  al sacerdote como si fuera el mago de la representación. Cuando llega el momento, emulando el famoso grito «¡sésamo, ábrete!», el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración y se opera el milagro. Tengo que decir, a este propósito, que tanto la teología como los usos litúrgicos, han hecho lamentablemente el caldo gordo a esta grotesca interpretación.

La teología, amparada en los planteamientos hilemorfistas de la escolástica medieval, derivará a conclusiones reduccionistas y declarará que las palabras «esto es mi cuerpo» y «esta es mi sangre» constituyen la “forma” del sacramento; es decir, el elemento clave, formal y activo para que la “materia”, el pan y el vino, se conviertan en el cuerpo y en la sangre del Señor. En resumen: las palabras reconocidas como “forma” del sacramento operan la consagración y transforman el pan y el vino. Nunca la teología cristiana se había preocupado de señalar el momento concreto y las palabras precisas que operan la consagración; como tampoco lo han hecho los teólogos orientales. Fue la teología latina medieval, en su afán perfeccionista, la que señaló y definió esas palabras.

Los usos litúrgicos corroborarían este posicionamiento teológico. Es en la edad media cuando el sacerdote eleva la hostia después de esas palabras; cuando se prescribe hacer la genuflexión inmediatamente después; cuando se toca la campanilla. Las rúbricas, aún mas cicateras y puntillosas, prescriben que el sacerdote debe juntar sus dedos pulgar e índice después de esas palabras. Los libros litúrgicos reproducen con letras gigantes las palabras de la consagración. Es una orquestación perfecta.

Sin embargo hay que desechar de forma contundente la interpretación mágica de esas palabras. Porque esas palabras tienen sentido, no aisladas del contexto, sino en la medida en que forman parte de la plegaria eucarística. Porque en ningún caso esas palabras dependen de la libre voluntad, caprichosa y frívola, del sacerdote, como si la consagración dependiera de una decisión arbitraria del celebrante. Porque esas palabras forman parte de una descripción narrativa, en la que culmina la evocación de los gestos y palabras de Jesús.  Porque esas palabras, que yo prefiero llamar relato, deben relacionarse, conjugarse y contrarrestarse con las palabras de la epíclesis. Esta parte de la plegaria eucarística, que llamamos epíclesis, invoca la presencia del Espíritu sobre el pan y el vino. Porque es el Espíritu, enviado por el Padre, el que hace presente al Señor en el pan y en el vino; lo hace presente en medio de los suyos, reunidos en torno a la mesa del banquete eucarístico.

Todo esto nos obliga a desmontar el carácter mecanicista y automático de la consagración; nos obliga a fijar nuestro interés, no sólo en las palabras llamadas de la consagración, sino en el conjunto de la plegaria eucarística; porque esa plegaria es la que consagra y hace al Señor presente. Debemos reconocer que la presencia del Señor es fruto, no solo de las palabras del relato, cuya eficacia sacramental reconocemos, sino especialmente de una acción soberana y libre del Padre, que envía su Espíritu sobre los dones y sobre nosotros. Hay que superar la idea de que el ministerio sacerdotal es una forma de ejercer el poder de consagrar; la consagración no es el resultado de una acción de poder, sino de servicio. Hay que superar también una cierta idea obsesiva de que lo importante y decisivo en la eucaristía es la posibilidad de proclamar las palabras de la consagración; como apunté en otro escrito, esa es una forma de reduccionismo inaceptable.

Lo importante es sentirnos fraternalmente unidos en el Señor; invitados y reunidos en torno a la mesa del pan y del vino; celebrando con gozo la presencia misteriosa de Jesús que entrega su vida incesantemente y que nos invita a todos  a compartir su victoria sobre el mal, sobre la muerte y la injusticia. Lo importante es festejar con gozo y alegría el amor incondicional del Padre manifestado en la vida desgarrada de su Hijo. Hay que desterrar de la eucaristía cualquier atisbo de magia, como si la presencia divina estuviera comercializada con nuestros ritos y rezos; hay que poner todo el acento en la lealtad de nuestra fe, en la insistencia confiada de nuestra plegaria y en la respuesta libre y soberana del Padre que acoge nuestra súplica y derrama sobre nosotros y sobre nuestros dones la fuerza transformadora y santificadora de su Espíritu.

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