¿Navidad, un nuevo ciclo distinto del de Pascua?

Aparentemente, el ciclo de navidad se presenta como distinto del de pascua. Desde un punto de vista histórico ambos conjuntos aparecen como bloques compactos e independientes. Es cierto que el ciclo de pascua es más antiguo y, en parte, ha servido de modelo a la formación del ciclo natalicio. Sin embargo, la estructura de ambos es autónoma e independiente, sin ningún nexo especial que los vincule o subordine. Incluso en la actual liturgia renovada, ambos conjuntos aparecen claramente diferenciados, formando como dos bloques compactos dentro del gran círculo anual.

Sin embargo, analizando los hechos más en profundidad, descubrimos una honda relación entre ambos ciclos. Aun cuando hayan sido conformados y consolidados como dos estructuras autónomas, hay, en cambio, entre los dos, una mutua interdependencia. En el fondo, la razón de peso en que se apoya la visión unitaria de los dos bloques es precisamente la visión —también unitaria— del misterio de Cristo. Si el año litúrgico celebra la totalidad del misterio de Cristo y el misterio de Cristo se configura como un todo unitario, entonces no parece coherente interpretar esos dos ciclos —el pascual y el natalicio— como dos bloques compactos, autónomos e independientes. Esto lo entendieron perfectamente los padres conciliares del Vaticano II cuando, al hablar del año litúrgico, aseguraban que «la Santa Madre Iglesia… en el círculo del año desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la encarnación y la navidad hasta la ascensión, pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor»   (Sacrosanctum Concilium, 102).

Si el misterio de Cristo se configura como un todo unitario, desde la encarnación hasta su retorno al Padre, y si, por otra parte, todo él puede ser interpretado como «misterio pascual», como misterio de muerte y de resurrección, entonces resulta coherente pensar que todo el conjunto del año litúrgico, cuya referencia al misterio de Cristo es patente, debe ser interpretado en clave unitaria y también, por supuesto, en clave pascual. No cabe entonces una visión disociada de ambos ciclos: el de navidad y el de pascua. Más bien, la celebración del nacimiento del Señor debe orientarse hacia la culminación pascual. Así como la encarnación y el nacimiento inician el proceso de kénosis y de humillación de Cristo hasta culminar en la muerte, del mismo modo los misterios que la Iglesia celebra durante el período de navidad sólo se entienden en la medida en que se orientan hacia la pascua. De esta forma, la pascua que la Iglesia celebra semanalmente en la eucaristía dominical y, de modo especial, una vez al año, en las solemnidades pascuales, se convierte en el núcleo neurálgico, en el eje de todo el año litúrgico.

De todos modos hay razones más específicas que vienen a corroborar este punto de vista que estoy exponiendo. Hugo Rahner las sintetiza con estas palabras: «Navidad no es otra cosa que una pascua celebrada anticipadamente, el comienzo de una maravillosa primavera, una fiesta del sol, porque con él se alzó sobre el mundo por vez primera, aunque todavía profundamente escondido, el ‘sol de justicia’».

Corroboran la estrecha relación que existe entre navidad y pascua las palabras de una homilía navideña atribuida a un anónimo griego. En ellas se describe de forma maravillosa el misterio primaveral de navidad. Estas palabras sólo pueden entenderse si se conectan con la solemnidad primaveral de la  pascua: «Cuando después de la fría estación invernal aparece fulgurante la luz de la apacible primavera, la tierra germina y se cubre de hierba verde, las ramas de los árboles se cubren con nuevos retoños y el aire comienza a esclarecerse con el resplandor de Helios. Las bandadas de pajarillos se dispersan por el espacio, rebosante de alegría por sus trinos. Pero estad atentos, porque para nosotros hay una primavera celeste, que es Cristo, que se alza como un sol desde el seno de la Virgen. Él ha disipado las frías nubes borrascosas del diablo y ha devuelto a la vida los corazones soñolientos de los hombres disolviendo con sus rayos solares la niebla de la ignorancia. Elevemos, pues, el espíritu a la luminosa y bienaventurada magnificencia de este resplandor».

Estas palabras, pronunciadas con ocasión de la fiesta de navidad, recogen como trasfondo la simbología pascual de la luz. Las indiscutibles afinidades temáticas con la solemnidad pascual, que hasta llegan a crear una cierta perplejidad en el lector, que no acaba de discernir si se trata de un texto natalicio o pascual, demuestran palpablemente la coincidencia temática y la cercanía de ambas  fiestas.

Voy a terminar este punto haciéndome eco, aunque sólo sea de manera muy breve, de un debate teológico que, a mi parecer, conecta directamente con el problema que estamos tratando. Me estoy refiriendo a la controversia suscitada en torno a la así llamada «teología griega».

Siguiendo el excelente estudio del dominico Jean-Paul Jossua,   parece indemostrable la existencia de dos polos soteriológicos independientes en el misterio de Cristo: el de la encarnación y el de la pascua. Una relectura atenta de los autores que de manera más insistente han sido considerados «incarnacionistas» permite establecer una interpretación nueva y más ajustada a la realidad, en la cual la encarnación se aprecia  en sus justos términos y al acontecimiento pascual se le asigna la centralidad que le corresponde.

La encarnación no debe ser entendida como una acción directamente soteriológica, sino como una condición permanente y estable de las acciones de Cristo, Dios y hombre al mismo tiempo; o, dicho con otras palabras: como la expresión de la estructura fundamental teándrica que posibilita y justifica la dimensión salvadora y divinizante de las acciones de Cristo. Por ser hombre, Cristo ha podido entrar en comunión solidaria con el hombre, asumiendo su fragilidad y miseria. Por ser Dios, Cristo ha podido vencer la malicia del pecado y convertir al hombre en hijo de Dios. Esta acción salvadora de Cristo se inicia en el mismo nacimiento y culmina en la pascua. La incorporación de los hombres a la humanidad nueva y regeneradora, inaugurada primicialmente en Cristo, no se realiza de manera automática, sino a través de la fe y de los sacramentos, por los cuales la comunidad cristiana actualiza y comparte el acontecimiento pascual de Cristo.

De esta forma se elimina el riesgo de justificar teológicamente la existencia de dos bloques o ciclos independientes en el marco del año litúrgico. Más aún: con el planteamiento que aquí se propone se justifica una visión unitaria del año litúrgico y se subraya con énfasis la centralidad intransferible de la pascua.

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