Navidad no es un recuerdo cronológico de los hechos

A la gente sencilla le resulta raro entender que el día 25 estemos celebrando el nacimiento del Señor y que a los cuatro días, al ser hallado en el templo, el niño tenga ya doce años; también resultan difícil de encajar con la cronología de los hechos las idas y venidas de los magos y su presencia ante el niño y su madre María a los quince días del nacimiento. Y es que la intención de la liturgia de navidad no es celebrar el desarrollo cronológico de los hechos; ni celebrar el aniversario del nacimiento del Señor, cuya fecha nos resulta absolutamente desconocida,  como se suele hacer en las fiestas de los santos; ni concentrar su atención en los pequeños detalles de los pastores, o del pesebre, o de la estrella,  o del canto de los ángeles. Nada de esto es prioritario en el contenido de la fiesta de navidad.

Por encima de los eventos y peripecias que rodean el acontecimiento histórico del nacimiento del Señor, narrado por los evangelistas, navidad celebra, en realidad, el misterio impresionante y sobrecogedor de un Dios que se hace hombre, que se nos acerca y se hace semejante a nosotros, que comparte nuestra misma suerte e irrumpe en nuestra historia. Es la gran epifanía divina, la gran manifestación. La liturgia ha elegido algunos acontecimientos más significativos para concentrar en ellos ese gesto de Dios, que descorre el velo del misterio, que se proyecta en el mundo y, a través de su hijo Jesús de Nazaret, nos revela su proyecto de salvación.

Para ser consecuentes y no dejarnos llevar por la fantasía o por el sentimentalismo, deberíamos ir al cogollo del misterio; debemos adentrarnos en la entraña del acontecimiento que celebramos. Navidad no es una conmemoración al uso, convencional. En eso los orientales han tenido un mayor olfato teológico que los latinos. Por eso han reservado para esta fiesta un nombre más significativo; ellos la llaman “epifanía”, es decir, “manifestación”.  Y han agrupado en torno a ella  acontecimientos tan diversos como la adoración de los magos, el bautismo del Señor y las bodas de Caná.  En todos esos acontecimientos, que celebramos durante este periodo de tiempo, la liturgia percibe, como intencionalidad básica, el proyecto de un Dios que se manifiesta y nos descorre el velo del misterio, el misterio de su proyecto salvador. Este es el contenido tanto de la fiesta occidental, la del 25 de diciembre, que llamamos navidad, como el de la fiesta oriental, que llamamos epifanía y celebramos el 6 de enero. Dos fiestas, con dos nombres y fechas diferentes, pero con un mismo contenido.

Más aún. Los liturgistas, cuando hablamos de este ciclo litúrgico, solemos alargarlo hasta un periodo de cuarenta días. El benedictino francés Joseph Lemarié, autor de la obra más completa sobre este tiempo litúrgico, comenzó titulando su libro “La Manifestation du Seigneur”, título que no gustó a los editores españoles y tradujeron por “Navidad y Epifanía”, descafeinando así por completo su contenido. Según el benedictino francés este ciclo termina el día 2 de febrero, con la fiesta de la  Presentación de Jesús en el templo, que él llama justamente “La teofanía del día cuarenta”. Con esa fiesta termina el ciclo natalicio o de la gran manifestación, de la gran Teofanía.

Habría que rastrear con mayor olfato el sentido teológico de las fiestas. Eso nos permitiría orientar la acción pastoral de manera más seria, más profunda y menos frívola. Nosotros pensamos que no, pero nuestros fieles, a medida que van profundizando su fe y sus convicciones religiosas, perciben las incongruencias de unos planteamientos que, tratados desde una visión documentada y seria, podrían ser convenientemente ilustrados. Me gustan los belenes y he disfrutado de ellos desde mi niñez; pero ellos no nos bastan para entender la navidad; deben ser acompañados de una visión más honda, de mayor calado teológico,  de más largo alcance.     

 

 

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