La liturgia de viernes santo relatada por Egeria

 

cruzLa celebración del viernes santo comienza el mismo jueves por la noche en el huerto de Getsemaní. Allí se reúne todo el pueblo en torno al obispo. A partir de este momento la comunidad va a recorrer el mismo itinerario que recorrió Jesús, intentando reproducir plásticamente los acontecimientos que jalonan la pasión del Señor. Egeria repite con insistencia que en cada lugar se proclaman lecturas, himnos y oraciones «apropiadas al día y al lugar».

Las celebraciones, a juzgar por el relato, revisten un singular dramatismo. Las características peculiares del lugar y el clima religioso y afectivo en que vive la comunidad esos días dan lugar a celebraciones de un colorido popular impresionante.  El momento de mayor emoción espiritual, el mismo día de viernes santo, lo constituye la adoración de la cruz. Es un acto que llena la casi totalidad de la jornada. Después de hacer una breve alusión a la costumbre de orar ante la columna de la flagelación, Egeria nos describe la adoración del santo leño. Colocado éste sobre una mesa, todo el pueblo va pasando para adorarlo. Los fieles se acercan de uno en uno. Tocan la cruz «primero con la frente y luego con los ojos». Después lo besan. Terminada la adoración, que se prolonga por un largo espacio de tiempo, se celebra una especie de liturgia de la palabra presidida por el obispo. A lo largo de esta celebración, que dura unas tres horas, se leen numerosos textos del Antiguo y del Nuevo Testamento, intercalando oraciones y cantos apropiados. Tiene una importancia singular en esta ocasión la lectura de los relatos de la pasión.

florA juzgar por el relato de Egeria, el viernes santo no hay celebración eucarística.  Hay que prestar atención al estilo muy personal de Egeria, especialmente cuando narra cosas tan ocurrentes como el mordisco que alguien propinó a la reliquia del santo leño, o cuando se hace eco de la monumental explosión de sentimientos expresados por el pueblo, o cuando, para subrayar la enorme cantidad de gente reunida en el atrio, dice «de modo que ni pasar se puede». Finamente es importante tomar nota de la forma como la peregrina comenta la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, al afirmar que «cuanto dijeron los profetas de la futura pasión del Señor se ve cumplido en los evangelios y en los escritos de los apóstoles».  

Este es el relato de la peregrina gallega: «Es colocada la cátedra para el obispo en el Gólgota detrás de la Cruz que ahora está plantada; siéntase el obispo en la cátedra; es colocada ante él una mesa cubierta con un lienzo; alrededor de la mesa están de pie los diáconos; es traído el relicario de plata dorada en el que está el santo leño de la cruz; es abierto y sacado, y se ponen en la mesa tanto el leño de la cruz como el título. Después de colocado en la mesa, el obispo, sentado, aprieta con sus manos las extremidades del leño santo, y los diáconos, que están de pie alrededor, hacen la guardia. Se hace así la guardia porque es costumbre que todo el pueblo vaya viniendo uno por uno, tanto los fieles como los catecúmenos; e inclinándose ante la mesa besan el santo leño, y van pasando.  Dícese que alguien, no sé cuando, dio un mordisco y se llevó algo del santo leño; por eso ahora los diáconos que están alrededor lo guardan con tanto cuidado, para que nadie de los que vienen se atreva a hacerlo de nuevo. Y así todo el pueblo va pasando uno a uno, inclinándose   todos van tocando, primero con la frente y luego con los ojos, la cruz y el título; y besando la cruz van pasando; pero nadie alarga la mano para tocarla. […]  calvarioCuando ha llegado la hora sexta, se va ante la Cruz, que llueva o haga calor, porque el lugar está al aire libre: es como un atrio muy grande y muy hermoso, que se halla entre la Cruz y la Anástasis. Allí pues se reúne todo el pueblo, de modo que ni pasar se puede. Colocase una cátedra para el obispo delante de la Cruz, y desde la hora sexta a la nona no se hace otra cosa más que leer lecturas.  […]  Y así, desde la hora sexta a la nona, se leen continuamente lecturas o se dicen himnos, para demostrar a todo el pueblo que cuanto dijeron los profetas de la futura pasión del Señor se ve cumplido en los evangelios y en los escritos de los apóstoles.  […]  A cada una de las lecturas y oraciones va unido tal sentimiento y gemidos de todo el pueblo, que es admirable; pues no hay nadie, grande ni chico, que durante las tres horas de aquel día deje de llorar tanto que ni expresarse puede: que el Señor haya sufrido por nosotros tales cosas».

 

 

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