La mujer y el ministerio ordenado

obispa La celebración del día internacional de la mujer me sugiere un comentario sobre el tema. No dudo de que somos muchos los que apoyamos con ilusión las importantes reivindicaciones que numerosos grupos de mujeres están llevando a cabo dentro de la Iglesia. Porque es en la Iglesia donde la situación de la mujer sufre, desde siglos, las mayores vejaciones y desajustes, en un lamentable clima de marginación y de olvido. No hay ninguna base teológica seria que ampare la exclusión sistemática de la mujer de las grandes responsabilidades de la Iglesia.

Dicho lo cual, me vienen a la mente situaciones que sí merecen un comentario. Después de muchos años de convivencia fraterna con mujeres altamente sensibilizadas ante el problema, he venido percibiendo con sorpresa en algunos grupos un cierto interés,  un cierto afán, una aspiración irresistible a asumir funciones desempeñadas hasta ahora por los clérigos.  De modo especial he percibido un ansia especial por presidir la eucaristía, por pronunciar la homilía, por consagrar, por tener el poder de convertir el pan y el vino en el cuerpo y sangre del Señor, por distribuir la eucaristía en la comunión. Uno tiene la impresión de que para muchas mujeres, sensibles ante el problema, esta sería la gran aspiración. Es como si hubiera un sentimiento latente, en el interior de algunas mujeres, de que nada justifica que el sacerdote reserve para sí ese poder de consagrar; nada puede existir que prive a las mujeres de ese poder de consagrar.

Tengo la impresión de que en este planteamiento se parte de prejuicios totalmente superados en la teología actual. Ante todo debo decir que  en ningún caso consideraría yo un poder, una “potestas”, la función presidencial ejercida por el ministro ordenado en la eucaristía; ni consideraría el ministerio presbiteral un ejercicio de poder, sino un acto de servicio a la comunidad; ni considero adecuada la aspiración a poder celebrar la misa, manifestada con frecuencia en grupos sensibles a la promoción de la mujer en la Iglesia, ya que nunca deberíamos desconectar la presidencia de la eucaristía de la presidencia de la comunidad. Lo prioritario no es presidir la celebración eucarística, sino ejercer la presidencia de la comunidad. Porque, a la postre, quien preside la eucaristía es quien preside y sirve a la comunidad. De lo contrario corremos el riesgo de convertir el ministerio presbiteral en la gestión de un funcionario.

Es muy importante que las mujeres en la Iglesia se sientan responsables y sensibles ante los grandes retos que ha de depararnos el futuro; sensibles ante los grandes problemas de las comunidades cristianas; inquietas por asumir responsabilidades cada vez más comprometidas y exigentes. Por ahí debe canalizarse la gran aspiración de las mujeres en la Iglesia; estar dispuestas y preparadas para asumir responsabilidades decisorias en la dirección de la Iglesia, en los grandes planes pastorales y en la animación espiritual de las Iglesias.

Y nunca se trataría de que las mujeres, a la hora de incorporarse a la dirección de las Iglesias, hicieran suyos los usos y costumbres clericales. La presencia femenina en las altas responsabilidades eclesiales tendría que garantizar un colorido nuevo, un talante nuevo, una sensibilidad más fina con color de mujer.   Esa sería la aportación más específica y enriquecedora que la mujer debería aportar a la Iglesia. Darle un color de mujer. Para ello no hace falta perder el seso, preocupadas por sustituir al cura de turno,  a fin de ser ellas y no él quien tenga el privilegio de decir misa. 

 

 

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