Martin Patino liturgista

 

Patino fotoHa fallecido el prestigioso jesuita José María Martín Patino. Fue uno de los pioneros españoles en los afanes de la reforma litúrgica conciliar; aunque su fama no le viene por haber sido liturgista, sino por la lúcida actividad que desarrolló junto al recordado cardenal Tarancón, a raíz del concilio, durante los decisivos momentos de la transición española. Pero yo voy a fijarme aquí en un pequeño detalle que afecta al padre Patino liturgista, en el que yo mismo me veo implicado.

Conocí a Martín Patino en los años del concilio. El venía de España; yo residía en Roma. A la vez nos nombraron consultores de la S. Congregación para el Culto Divino. Eran los tiempos del padre Bugnini, hombre dinámico y emprendedor, en cuyos hombros descansaba la ingente tarea de reformar la liturgia romana, siguiendo los criterios rectores del Vaticano II. Las  frecuentes reuniones de la Congregación  propiciaron un acercamiento y un conocimiento mutuos. De ello me queda un recuerdo gozoso y enriquecedor.  Pero no es esto lo que deseo comentar aquí.

Patino estudió con los jesuitas de Frankfurt y en la Gregoriana de Roma.   Aquí desarrollo y presentó su tesis doctoral. Un estudio sobre el breviario mozárabe de Ortiz. Andábamos por el año 1963. En la misma época, quizás algo más tarde, también en Roma, en el Angelicum, después de haber pasado dos cursos en el Instituto de Liturgia de Paris, andaba yo inmerso en el estudio de la vigilia pascual en la tradición mozárabe o hispánica. Curiosamente, en ambos estudios, en el de Patino y en el mío, desarrollados en ámbitos diferentes de la liturgia hispana, coincidimos en el hallazgo de la existencia de una doble tradición litúrgica en el seno de la tradición mozárabe. Fue, sin duda, un hallazgo sumamente significativo, llevado a cabo simultáneamente, en los mismos años, por autores diferentes y en trabajos de investigación independientes.

A partir de esos años, al definir la identidad de la liturgia hispánica, todos los autores aluden a la existencia de las dos tradiciones. Al mismo tiempo, los especialistas han intentado adentrarse en el conocimiento de estas dos tradiciones para establecer el perfil de las mismas y su identidad: su antigüedad, sus orígenes, su área de expansión, sus fuentes, etc. Se ha conseguido muy poco. Las hipótesis ofrecidas tienen, en realidad, escasa consistencia. Por carecer de algo importante, no tienen ni nombre. Son designadas como tradición A y B.

A pesar de todo, me place hacer un elogio y mencionar con cariño al recordado José María Martín Patino. Es cierto que el prestigioso relieve de su actividad eclesial en la España de la transición acabó ahogando su categoría personal como liturgista; pero ni por ello se debe olvidar la importancia de nuestro hallazgo compartido que, sin duda, dejará huella en la historia de nuestra liturgia hispana.

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