2. Dios escribe recto con renglones torcidos (En “Desde la otra orilla”)

 

Esa es la conclusión a la que he llegado con el correr del tiempo. Hasta convertirse en una convicción personal. Lo sentí especialmente con el nacimiento de  mis hijos. Dos, uno rubio y con ojos azules, por las raíces celtas de su madre; y otro moreno, como su padre, mesetario y de influencias andaluzas. Yo pensaba entonces: no es posible que Dios, Padre bueno y providente, esté enojado conmigo y, al mismo tiempo, me premie con estos dos hijos. Porque ellos son una bendición de Dios.

Cuando abandonas el convento y dejas de ejercer el ministerio; cuando empiezas a compartir tu vida con una mujer y tienes hijos con ella; cuando te conviertes en un señor cualquiera y, cuando sales a la calle, nadie te saluda ni te conoce; cuando te ves obligado a abandonar tu actividad docente, dejas de ser catedrático y te conviertes en un don nadie; cuando encuentras un trabajo y, después de haber sido decano de Facultad, ahora te contratan en la categoría laboral de ordenanza; cuando los compañeros del trabajo te eligen como delegado sindical para  defender sus derechos y tienes que asistir a las reuniones del comité y batirte como un sindicalista avezado y aguerrido; cuando todo  esto ocurre, y otras cosas más que ahora no voy a contar, entonces uno piensa que está escribiendo su historia con renglones torcidos; comienzo a pensar que mi vida ha iniciado una deriva catastrófica, condenada al fracaso.

Pero, poco a poco, los vaivenes de mi vida comienzan a cambiar de color. Mi mujer y yo nos incorporamos a la comunidad de la Esperanza. Una comunidad cristiana de base, sensible ante los problemas de la Iglesia del postconcilio, muy abierta a las nuevas corrientes de renovación eclesial, comprometida con los nuevos movimientos sociales, solidaria con los grupos de pobres y marginados. Muchos de sus miembros trabajan en Caritas, Proyecto Hombre, Amnistía Internacional, Economía Solidaria, Comité de África y otro tipo de organizaciones y ONG. Otros están integrados en grupos y partidos políticos aportando, en muchos casos, una colaboración muy activa. La pertenencia a la Comunidad ha enriquecido nuestra vida, -la de la pareja-, nos ha permitido vivir y celebrar la fe desde una sensibilidad nueva, desde el pueblo llano, no desde el presbiterio. Hemos sentido los problemas de otra manera, con otros acentos y con otros colores. Todo esto indudablemente ha supuesto para mí un enriquecimiento.

Siendo dominico había publicado yo un par de libros. Uno en Roma, en 1971, que llevaba como título Una liturgia viva para una Iglesia renovada (PPC Madrid) haciéndome eco de los aires renovadores del Concilio; más tarde, en 1985, publiqué otro titulado Iniciación al año litúrgico (Cristiandad Madrid), que venía a ser un tratado sobre el año litúrgico. Pero mi vocación de escritor se incrementó de modo especial después de haber dejado a los dominicos, una vez que me hube jubilado. Ha sido en esta época cuando he publicado buena parte de mis libros. He experimentado una especie de fiebre por escribir. Primero en la Editorial San Esteban, de los dominicos de Salamanca. En esa editorial he publicado tres libros: Celebrar, un reto apasionante  (2000), El Domingo, cara y cruz (2001), Cristianos en fiesta y en lucha por la justicia (2004).  La editorial Verbo Divino, de Estella (Navarra), ha ido acogiendo durante estos años varias publicaciones mías: Para vivir el año litúrgico  (1997), La Celebración. Bases para una comprensión de la liturgia  (2010),  Anáfora. Aproximación a la plegaria eucarística (2015). Además estas otras publicaciones; una en Barcelona: La Pascua en la tradición y en sus fuentes (CPL  2012), y otra en Madrid: Reflexiones incómodas sobre la celebración litúrgica (PPC  2014).  Cuento esto porque no deja de ser sorprendente. Justamente, durante los años en los que estaba dedicado al estudio, a la investigación y a la docencia en la casa de estudios de los dominicos de Torrent, con una gran  biblioteca  especializada a mi disposición, con instrumentos de trabajo apropiados en mis manos; durante ese tiempo apenas si me aventuré a la tarea de escribir. Ha sido durante estos años de jubilado, en Logroño, ya secularizado, con escasos medios a mi disposición y envuelto además en las tareas de la casa y de la familia, cuando he podido desarrollar mi vocación de escritor. Volcado, además, a través de mis libros, en las más candentes preocupaciones de la Iglesia, inquieto por los problemas pastorales, percibidos ahora y experimentados desde la base. Quizás podría asegurar que ahora, desde mi situación de esposo y padre de familia, secularizado y todo, me he sentido más dominico, más predicador, más sensible a los problemas, pastorales y teológicos, de la Iglesia del Postconcilio. Nunca hubiera podido pensar que, justamente ahora, al dejar de ejercer el ministerio sacerdotal, he tenido la ocurrencia de escribir un libro sobre la Anáfora, la plegaria más sacerdotal que tenemos en la liturgia, en el cogollo mismo de la celebración eucarística. Y lo he hecho pensando en mis hermanos los sacerdotes, para transmitirles información doctrinal y sensibilidad litúrgica. Porque sigo sintiéndome solidario y comprometido con los problemas que preocupan a los presbíteros,  volcados en el servicio pastoral del pueblo de Dios.

Hay otro proceso muy significativo que ha marcado mis años durante largo tiempo. Comenzó ya en Roma, durante mis años de profesor en el Angelicum. Yo era entonces uno de los profesores más jóvenes de la Facultad de Teología. Circulaban con fuerza en  aquel momento los aires refrescantes y renovadores del Vaticano II, recién estrenado en la Roma de los años sesenta. Comenzaban las primeras experiencias litúrgicas, llevadas a cabo por atrevidos aventureros que no temían la intervención severa de los altos  jerarcas romanos. En la zona del Gianicolo comenzó a ganar notoriedad la misa dominical de una iglesia en la que se tocaban las guitarras y se estrenaban cantos juveniles desenfadados. Una novedad inimaginable y escandalosa en la Roma eterna. Yo me apunté a estos nuevos aires de renovación y comencé a trasmitir a mis clases nuevos estilos de frescura y de juventud. Al volver a España en 1973 seguí manteniendo esta misma línea. Eran tiempos en los que las posturas anticonformistas y promotoras de nuevos cambios en las comunidades iban ganando la batalla a los planteamientos inmovilistas y servidores de la tradición. Fueron momentos difíciles, cargados de tensión y de duros enfrentamientos. También en estos casos yo me apunté a los grupos más abiertos y rupturistas. Reconozco que este talante daba color a todas mis actividades,  incluso a mis tendencias políticas, apostando siempre por los posicionamientos e ideologías más abiertas y progresistas.

Pero la madurez de las canas, o la sensatez de los años, o una providencial evolución operada en mi persona con el paso del tiempo, han ido transformando mi actitud de fondo, mi talante rupturista y renovador. Mi participación en las celebraciones eucarísticas, durante los años que llevo como secularizado, me ha permitido constatar los comportamientos desafortunados que se practican en las celebraciones. Lo he podido constatar en comunidades y parroquias diferentes. Me refiero a las forma de participar los fieles, a las homilías de los curas, a la costumbre de decir todos a coro la plegaria eucarística, a la forma de leer y de cantar, a las improvisaciones e inventos de  los sacerdotes, y un sinfín de usos y costumbres difíciles de ajustar con un elemental  sentido litúrgico.  A veces pienso que esta actitud mía de rechazo es fruto de una especie de deformación profesional, o de un sentimiento exagerado de exquisitez y pureza litúrgica, o a una preocupación senil por la ortodoxia doctrinal y la limpieza del lenguaje. El hecho es que, al cabo de los años, he acabado convirtiéndome en un viejo cascarrabias y en un crítico empedernido, fustigador de errores y defensor de la disciplina.

Yo sigo pensando que detrás de esta trama está la mano de Dios. En toda mi vida, a lo largo de los años, se ha vertebrado una línea de continuidad, aparentemente torcida, pero en realidad coherente y positiva. Vistas las cosas desde la fe, en el horizonte de las grandes intervenciones de Dios, esta vida mía, interpretada quizás a primera vista como un desastre, al cabo del tiempo, desde la luz providente de la fe, la descubrimos luminosa y llena de sentido, como si fuera una pequeña historia de la salvación a escala personal.

 

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