Apuesta por el sacramento de la iniciación cristiana

 

 

Esta pasada semana santa he tenido la oportunidad de seguir por televisión española la celebración de la vigilia pascual. La presidía Monseñor Reig Plà en su catedral de Alcalá de Henares. No voy a entrar en comentarios críticos. Ni me corresponde ni me apetece. Para ser franco diré que seguí la celebración con interés, a veces con emoción y, para decirlo todo, hasta con un punto de satisfacción.

Se bautizaron un grupo de adultos. Este momento siempre resulta emocionante. La fuerza expresiva de los símbolos y de los ritos es siempre más impactante que las dotes personales de los celebrantes. En todo caso mi comentario hay que situarlo en el entorno de la celebración bautismal.

Como es normal en el bautismo de adultos,  el bautismo fue seguido de los ritos postbautismales (signación con el crisma e imposición de las manos) que, en realidad, corresponden al sacramento de la confirmación; para concluir, al final, con la participación en el banquete eucarístico. El comentarista de la tele se hartó de decir que, en esa noche,  los dos sacramentos, bautismo y confirmación, se sucedían uno al otro. Lo decía como si se tratara de dos entidades compactas, independientes y claramente identificables. Uno tenía la impresión, al oírle,  de que, en esa noche, la liturgia acumulara, por adición, varios sacramentos en serie. Este comentario me sonaba raro, improcedente. A pesar de todo debo reconocer que, en términos estrictos, el comentarista tenía razón; los que fueron bautizados recibieron esa noche, además del bautismo, el sacramento de la confirmación, para participar, al final, en la eucaristía. Es lo que llamamos la iniciación cristiana.

Como contrapunto voy a citar un testimonio antiguo, perteneciente al teólogo africano Tertuliano  (a caballo entre los siglos II y III), en su tratado «sobre la resurrección de la carne» (c. 8). Aun cuando este tratado hay que situarlo en el periodo montanista de Tertuliano, su testimonio reproduce sin duda el comportamiento litúrgico de las iglesias de África. Este es el texto: «La carne  [caro] es lavada para que el alma quede limpia; la carne es ungida para que el alma quede consagrada; la carne es marcada con la señal [de la cruz] para que el alma sea protegida; la carne es cubierta con la imposición de las manos para que el alma sea iluminada por el Espíritu; la carne es alimentada con el cuerpo y la sangre de Cristo para que el alma quede saciada de Dios».

El escritor africano trata de establecer la relación entre el rito externo y el efecto salvador; entre lo que pasa en el cuerpo y el efecto liberador que se produce en el alma. Todo esto va referido a los ritos de la iniciación cristiana. Pero lo que yo quiero señalar ahora son los gestos rituales que el autor describe: el cuerpo es lavado con el bautismo; el cuerpo es ungido con la unción del crisma en la frente; es marcado con la señal de la cruz; recibe la imposición de las manos y participa en la eucaristía. Son exactamente los gestos sacramentales que configuran la iniciación cristiana. Hay, por otra parte, una clara coincidencia con el testimonio de san Hipólito de Roma en su «Traditio Apostólica» (c. 21), fiel exponente de la tradición romana del siglo III.

Aquí no vamos a poner en cuestión ni el número septenario de los sacramentos ni que la iniciación cristiana está formada por los sacramentos del bautismo, la confirmación y la eucaristía. Así lo dice el Catecismo y basta. Pero las comunidades de la iglesia antigua no lo apreciaban así de claro. Durante los tres primeros siglos la celebración  bautismal cuenta con unos ritos postbautismales, conferidos por el obispo,  que con el tiempo acabarán siendo considerados como sacramento de la confirmación.  Son la unción con el crisma, la signación con la cruz y la imposición de las manos.

Ahora bien, la celebración bautismal en los primeros siglos nunca fue entendida, a mi juicio, como una yuxtaposición de diferentes sacramentos; siempre se trató, en efecto, de una celebración compleja, integrada por gran variedad de elementos rituales; pero, eso sí,  una celebración única, unitaria, en la cual los diferentes ritos se integraban orgánicamente. A mi juicio nunca se trató de una acumulación de ritos autónomos yuxtapuestos, como si se tratara de entidades en cadena.

Concluyo. Mi apuesta iría orientada hacia la posibilidad de que, al celebrar el bautismo de adultos culminando en la eucaristía, se evitara la impresión de que se trata de una celebración de varios sacramentos en serie. Porque nadie duda de que se trata de una celebración compleja, sí; pero única, unitaria, enriquecida con varios momentos sacramentales importantes, orgánicamente unidos en una sola celebración. En este caso se podría recurrir al uso genérico de la palabra sacramento. Lo mismo que hablamos de Cristo-sacramento y de la Iglesia-sacramento, aquí podríamos referirnos al sacramento de la iniciación cristiana. No se trataría de modificar el número septenario de los sacramentos, sino de hacer un uso extensivo y razonable del vocablo.

 

 

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