¿Traducción literal?

 

En el nuevo Misal Romano se ha optado por la traducción literal de los textos. Así lo declaran abiertamente en las Catequesis para comprender la tercera edición del Misal, abogando por una traducción “lo más fiel y literal” al original latino.

Yo no estoy tan convencido de que la traducción literal sea la más fiel al original latino, como pretenden hacernos creer los expertos de la S. Congregación del Culto. Para demostrarlo voy a traer a colación un estudio de la prestigiosa conocedora del latín cristiano, la profesora Christine Mohrmann.

Para demostrar la evolución semántica de las palabras, se refiere Christine Mohrmann a la palabra confiteri, confessio, como ejemplo altamente representativo. Una traducción literal del vocablo nos llevaría a traducir esa palabra como «confesar» y «confesión», con clara referencia a la «confesión de los pecados». Es el uso común de ese vocablo en el lenguaje cristiano actual. De ahí se derivan expresiones como «confesarse», «confesión», «confesor», «confesionario» y otras.

Pero la profesora Mohrmann señala otros significados de esa palabra. Aparte del «confesión de los pecados», conocidos en la antigüedad,  habría que incluir el sentido de «confesión de la fe». De ahí deriva la referencia a los «confesores» de la fe, con una especial alusión s los mártires y al sitio de su confesión. Es el lugar del martirio y, en su caso, el lugar de su tumba. De ahí deriva el «altar de la confesión», construido sobre la tumba del mártir. Las basílicas martiriales romanas son un ejemplo. En todas ellas nos encontramos con el altar de la confesión. Todas estas acepciones se mueven en el área de la confesión de la fe.

Todavía queda otra acepción. En el ámbito bíblico la expresión latina confiteri se encuentra frecuentemente, sobre todo en el libro de los Salmos. Recordamos: Cofitemini Domino quoniam bonus (Salmo 117): «Alabad al Señor porque es bueno». Entramos así en el campo de la alabanza y la acción de gracias. Un sentido completamente distinto de los anteriores.

Este ejemplo es altamente esclarecedor. El criterio de la literalidad no es válido para construir versiones fieles al original. Hay que manejar criterios más sutiles, que reproduzcan la armonía de sensaciones y de matices que contiene el original. Este sistema me recuerda la pobreza de las primitivas traducciones literales, como la que aparece en el manuscrito Vaticanus Reginenses 316  (Sacramentario Gelasiano), donde el latín aparece rudimentariamente superpuesto, palabra por palabra, a la grafía del original griego del Símbolo de los Apóstoles, en la liturgia de la vigilia pascual.

 

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